Saludos a todos. No acostumbro a visitar el foro, pero en esta última semana me he sentido en la necesidad y me ha ayudado muchísimo a templar los nervios, por lo que me siento en deuda e identificado con todos ustedes. Es por ello que quiero dedicar estas líneas no solo a los opositores, sino a las familias, parejas y amigos, todos sufridores por igual. Han tenido que pasar muchos, muchos años, para que al final pudiera cumplir mi sueño, a través de una
oposición devastadora que desgasta a todos los niveles, a opositores y personas queridas por igual. Ha llegado el gran día y me resulta imposible desligar mi alegría e incredulidad, del amargor que me produce pensar en todas las personas que se han quedado a las puertas o a lo largo del camino. Porque he caído tantas veces, he tenido que hacer frente a tantas adversidades, decepciones, críticas y comentarios dañinos, que vivo como propio lo que ahora pueden estar sintiendo muchos de ustedes. Rompo una lanza en favor de los caídos en los
psicotécnicos, la entrevista, las médicas, la teoría, las físicas… Son todos unos luchadores. Son todos unos ganadores. Porque no es mejor quien vive siempre ganando, sino quien pierde y sigue plantando cara a la adversidad. Si realmente esto es lo que quieren, sigan en la brecha, porque no hay vida más triste que aquella en la que morimos en vida; renunciando a seguir soñando y conformándonos con olvidar cómo se hace. Y si deciden que ya han tenido suficiente de esta batalla en particular, es tan valiente y legítimo como continuar; solo ustedes saben por lo que han pasado, y están en su derecho de decidir si les compensa seguir o si por el contrario hay otras fronteras que explorar. El mundo no empieza y acaba en la
policía; es infinitamente más grande. Lo único que no nos podemos perdonar es vivir sin ilusión, sin sueños. Los sueños pueden cambiar; el deseo de alcanzarlos, no. Compañero opositor (permíteme llamarte hermano/a), novias, novios, madres, padres, hermanos, amigos… lo siento en el alma. Conozco demasiado bien la sensación de ver el no apto en la pantalla, la tristeza en los ojos de mis seres queridos, el abrazo doloroso de mi novia, el silencio agobiante de la casa, la rabia, la frustración, la impotencia. Lo conozco todo y como digo, lo he vivido muchos, muchos años, el tiempo suficiente como para ver con humildad que esto no va solo de autocrítica, trabajo y esfuerzo, sino de suerte. La suerte de no tirar la dichosa valla dos veces, aunque lo hayas practicado mil, la suerte de no perder agarre en las dominadas, de no sufrir el temido flato en la carrera o que un viento terrible te quite ese puntito que tanto necesitas. La suerte de que el grueso de las preguntas del
examen venga recogido en el compendio de temarios y fotocopias que llegamos a acumular por todo el despacho (si tenemos la suerte de contar con uno), la suerte de no tener un mal día en la entrevista o en los
psicotécnicos, la suerte de que nuestros seres queridos nos comprendan y nos apoyen, de que las condiciones del trabajo nos permitan dedicarle más o menos tiempo a nuestra pasión, de que las condiciones en casa, si no trabajamos, sean propicias y no conlleven más problemas. Soy tan consciente del peso de la suerte y de lo injusto que puede llegar a ser, que vivo mi aprobado desde la más absoluta humildad. Actitud, esfuerzo, sacrificio y suerte. Si se dan las cuatro variables, las opciones se vuelven más y más reales. No dejo de pensar en el caso del compañero que cumplía años hoy, que no sabía si sería el mejor cumpleaños de su vida o el más aciago. Lo siento mucho, hermano. Estamos obligados a sacar una lectura de toda experiencia, por mala que sea. No es una opción; es vital que lo hagamos. Tomaos vuestro tiempo, procesad el varapalo y ya habrá tiempo de decidir de qué forma seguir plantando cara al mundo. Mientras el corazón lata, habrá camino.
PD: Quiero añadir un último detalle, muy personal. El momento más terrible que he vivido en todo este tiempo, fue a la vez el más revelador. Hace unos cuatro años, me encontraba en el turno de noche en el trabajo. Cabe decir que tengo un trabajo bastante exigente. Hacía unos pocos días que había recibido el no apto de una entrevista y aún me costaba aceptarlo. Recuerdo que fue un turno horrible; un calor infernal, las máquinas estaban fallando todas a la vez, las alarmas eran ensordecedoras, las pantallas parpadeaban como locas, las tareas se acumulaban y por un momento, me sentí superado. Completamente superado. Eran las tres de la mañana y fue la primera vez desde que comencé mi andadura, en la que sentí ganas de llorar. Ganas de verdad. De llorar durante horas hasta quedarme seco. Me pregunté para mis adentros: “¿Por qué sigo aguantando esto?”. No pasó ni una décima de segundo, cuando con otra voz mucho más serena, me respondí a mí mismo: “Porque quieres ser
policía”. De alguna forma, me sentí mejor. No mucho, pero lo suficiente. Recuerdo que sonreí levemente, respiré hondo y comencé a poner orden en aquel desastre.