
- Unido
- 4 Abr 2008
- Mensajes
- 1.366
- Felicitaciones
- 0
- Puntos
- 0
Leyendo por ahi encontre esto y me parecio interesante. Merece la pena leerlo a pesar de su gran extension.
GAFAS DE SOL”
NOTA DEL AUTOR
La intención de este texto ha sido siempre la aventurada idea de contar, para que se sepa, lo que se oculta detrás del trabajo, ingrato y poco valorado en muchas ocasiones, de cualquier servicio de escolta.
No acompañan mis palabras ningún interés por la descalificación de nadie, ni para mi viaje literario he preparado maletas cargadas de reivindicación alguna. Los que aún así se sientan aludidos por mis frases, les pediría que dejen de buscar sus reflejos en las realidades que han sido inspiradas únicamente por los mejores mentores: la experiencia y el holismo.
Sírvame pues tomarme la frivolidad de agradecer, a mi manera, la labor de todos aquellos que trabajan o han trabajado alguna vez como escoltas, sin distinguirlos por la importancia de sus protegidos.
Ojalá que quienes disponen empaticen con quienes cumplen y entre todos aportemos nuestro conocimiento y empeño para hacer mejor nuestro trabajo.
Que las “gafas de sol” no sólo sean un icono adquirido de una película de cine americano, sino también una seña de identidad de la que sentirse orgulloso.
Dedicado a mis compañeros Carlos, Herce, Sergio, Luís, Moisés, Roberto, Velasco y otros muchos que serán, por las vivencias y horas compartidas.
Jueves, 23:15 horas
ESPERANDO UNA LLAMADA
Dos atracadores se parapetan tras un Chevrolet del sesenta y nueve, mientras, decenas de radiopatrullas se suman al intento de acabar con un atraco en una sucursal bancaria.
Una bala impacta en la leyenda “To protect and to serve” de la puerta del coche policial tras la que se esconde un agente, quien cae al suelo. Un reguero de sangre discurre por el asfalto…
¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!
Es mi teléfono. Busco en la pantalla el nombre del inoportuno interlocutor, pero el “display” solo marca “número privado”. Estaba tan concentrado en la película, que olvidé por completo que trabajaba al día siguiente.
-¿Jose?
-No, soy Carlos. Por cierto, buenas noches.
-Buenas noches, acaban de terminar tus compañeros ahora mismo y la personalidad cita para mañana a las siete cuarenta y cinco en su domicilio.
-Vale, pues coméntale a Jose cuando le llames que ya recojo yo el coche y que nos vemos a las ocho menos cuarto en “Somosaguas”.
-¡Siete cuarenta y cinco! ¡De la mañana!
Mi jefe acababa de poner fin sin saberlo a mi plácida noche de jueves. Me quedo pensativo en nuestra conversación, “herido” al pensar que mi superior cree que no sé distinguir las siete cuarenta y cinco de las ocho menos cuarto, aunque luego pienso que quizás ese problema es más bien suyo. Otra cosa que alcanza a descalabrar mi orgullo personal es que aún, después de tanto tiempo trabajando con él, no se sepa mi nombre. No lo soporto, conoce la alineación del Real Madrid en todas sus categorías, y no se conoce el nombre de sus ocho hombres. Sinceramente, inadmisible.
Pretendo terminar de ver la película, aunque mis pensamientos se quedaron estancados en ese eco mental que me repetía: “Las siete cuarenta y cinco”. Conocedor del madrugón y posterior día de trabajo que me esperaba, abandoné mi sesión de “home cinema” y me dispuse a acostarme.
No uso despertador como tal, aunque tampoco guardo un especial recuerdo nostálgico por mi viejo compañero de cama, el cual pasó a mejor vida cuando mi móvil asumió su cometido de avisarme cada mañana.
“A ver, menú, alarma… a las cero cinco cincuenta”. Una manía que tengo como otra cualquiera de programar siempre la alarma en números capicúa. ¿Por qué? Pues no sabría explicaros, el caso es que hacerlo de esta forma me ofrece la tranquilidad de pensar que nunca me voy a quedar dormido.
Viernes 05:50 horas
COMIENZA EL GRAN DÍA
Estaba sumergido en el cálido silencio acogedor de mi letargo, cuando me despierta la sintonía más odiada de mi aparato. ¡Nunca falla! Fiel e implacable, mi Nokia 6110 ponía el punto y final a mi descanso.
Siempre odié madrugar, así que intenté no acomodarme en exceso y comenzar el día con buen pie. Doy un salto de la cama y me dispongo a preparar mi indumentaria para el trabajo. Traje impecable del “Zara”, noventa “pavos”. Corbata “Dustyn” comprada en las rebajas, veinte pavos. Camisa blanca “de la esperanza” marca “Pierre Cardín” regalada por mi madre para mi cumpleaños, cero “chavos”. Zapatitos “Callagan” con casi un trienio, quince mil pesetas de la época. Y mis inseparables gafas de sol marca “Roy Ban” compradas a un nigeriano (hay caprichos ilegales ante los que uno no se puede contener), esas, esas sí que no tienen precio.
Una ducha reconfortante, un yogur líquido y un poco de café recalentado, me preparan para afrontar mi previsible jornada cargada de “emociones”.
Cierro la puerta de casa y comienzo un largo peregrinar hasta mi utilitario. ¡Dios! ¡Está helado! La fría noche ha ausentado cualquier forma de calor en todo mi querido Citroën Xsara.
Esperé unos minutos para que la calefacción hiciera su trabajo y convirtiese la escarcha impenetrable en agua transparente. Pero no tuve la suficiente paciencia y como pude, busqué la ayuda de un plástico con el que rompí salvajemente con trazos decisivos aquel espejo de hielo.
Superada la primera barrera, conecto a mi inseparable compañera de viaje, quien con sus primeras noticias del día y bajo la penumbra de la noche, me informa del estado colapsado de las carreteras, y en especial, la mía. Luego me dice que ha subido el “Euribor”, la gasolina, la luz y la vida misma. ¡No puedo más! Así que decido aislarme de la realidad escuchando mi artista favorito, “Héroes del silencio”.
“La decadencia está prohibida y te estruja fuerte del cuello y te hace insoportable su presencia…” Parece que Enrique había escrito aquellas palabras pensando en mí.
Tras una hora de “decadencia” consigo llegar hasta mi centro de trabajo. El consuelo me llega en forma de plaza de aparcamiento, al menos, no tengo que tirarme otra hora más buscando dónde dejar mi coche.
Ya camino del edificio principal, caigo en la cuenta de los pocos vehículos estacionados a las siete de la mañana y una rápida reflexión me bombardea el ánimo: ¡Siempre trabajamos los mismos!
Viernes, 07:15 horas
EL PERIPLO EN COMISARÍA
A pesar de que mi sueño siempre fue ser policía, he de reconocer que atravieso una etapa profesional en la que cualquier excusa me sirve para agravar mi desmotivación, así que decido intentar ser más positivo, comenzando a engañarme con un auténtico desayuno: café solo con dos azucarillos, pincho de tortilla y zumo de naranja, ¡por sólo dos euros y medio!
Satisfecha la atención de mi instinto más básico, mi siguiente decisión es resolver si subo las tres plantas andando o en ascensor. ¡Menudo problemón! Finalmente pensando en mi bienestar físico, subo los tres pisos que me separan del cuarto de “automoción”, ¡a pie!
Cumplimento el formulario preceptivo, cojo las llaves del coche, la documentación necesaria, el botiquín y un sinfín de trastos necesarios para mi trabajo y de repente alguien me grita:
-¡Tú! ¿Habéis pasado ya la revisión del inhibidor?
-No tengo ni idea. Yo que sé.
Y aquello no era una persona. Vociferando como un energúmeno me reprochaba que no se hubiera pasado la revisión del inhibidor, que una vez pinchamos una rueda y en general todos los incidentes de nuestro vehículo asignado.
Así que haciendo un buen uso de las artes taurinas, saqué mi capote a paseo y tentando al “animal” le conformé diciendo que de aquella mañana no pasaría la revisión del aparatito.
Ésta es una de las habilidades de cualquier policía que se precie, el pase de muleta con ambas manos. No obstante, nunca he sabido la categoría de aquel señor, que siempre vestía de paisano y siempre estaba echando broncas a todo el mundo. Según se cuenta, esta “leyenda urbana” de comisaría, una vez fue vista vestida de gala en el ágape del día del Patrón.
En todo caso y con todos mis respetos, este curioso “personaje” me tocó con creces la moral, aunque soy sabedor de que este tipo de rencillas se producen a diario en casi todos los puestos de trabajo, así que le doy la importancia que tiene. Nada más.
Parking “B”, plaza 27 y ahí está esperándome “nuestra segunda casa”, un Citroën C-5. Al igual que mi coche, la luneta delantera del vehículo oficial presentaba un grave estado de congelación.
Me coloco el asiento, reglo los retrovisores, arranco el coche con la intención de poner la calefacción en marcha y cuando miro el cuadro de mandos, la aguja del indicador de gasolina activa mi “mala leche”.
-¡Siempre igual! ¿Es que no saben que el coche hay que dejarlo repostado de gasolina todos los días?
El tiempo previsto para mi trayecto hasta la casa de la “VIP” se había visto seriamente perjudicado, y con toda la prisa con la que fui capaz, salí del complejo policial.
Pronto localizo una estación de servicio de “Repsol” y lleno el depósito. Lo único bueno de todo este contratiempo, la “recompensa” a mi desdicha, es pasar los puntos de mi tarjeta de fidelización.
-Mil depósitos más y tengo para un juego de maletas.
Viernes, 07:45 horas
COMIENZA EL SERVICIO
Después de todo lo narrado por fin llego al domicilio. Mi compañero Jose me espera tan tranquilito, tiene buen humor e incluso ganas de “cachondeo”.
-Llegas un poco justo de tiempo. ¿No?
-¡Tú que sabrás “pepinillo”!
Jose, tiene veintisiete años, es aficionado al boxeo, reside en la “mismísima almendra central” de Madrid, hasta tiene estudios de Derecho y todo y lleva seis meses con el cargo jurado. Vamos, como diría cierto “caimán” con el que trabajé en su día: “Más nuevo que el mañana”.
A pesar de todo, durante aquel día Jose será como mi “hermano” y mi “amigo”, y en honor a la verdad diré que nuestra relación anterior había sido buena, aunque he de decir también que hoy es su segundo día en la escolta.
Una pequeña tertulia con los compañeros de la seguridad estática amortiguan la espera. En apenas quince minutos solucionamos todos los problemas económico-policiales jamás resueltos por la Administración. Desahogados con el Ministro, ahora tocaba “destripar” a nuestro subinspector favorito.
-¿Sabéis esto? ¿Sabéis aquello? Me he enterado…
“Mic… mic… mic…” Tuvo que ser el sonido de la central de alarma quien pusiera fin a aquel tribunal de la Santa Inquisición.
Miramos por entre las persianas y adivinamos la figura de nuestra personalidad. Jose, audaz, abre la puerta a la “VIP” mientras yo pongo en marcha el vehículo. Se abren los portones del chalet y mi compañero en lugar de subirse al coche, entra nuevamente en la garita a hacer no sé qué. ¡Mal, muy mal!
Mi asombro aumenta cuando tras su regreso, empieza a contarme que se ha dejado el móvil y en definitiva a justificar su metedura de pata.
Observo al protegido a través del espejo retrovisor interior y puedo percibir su perplejidad por la situación, así que adquiero mi “estatus” de responsable de la dotación y contundentemente cierro cualquier posibilidad al diálogo con una simple e imperativa orden.
-Pon el inhibidor y comunica la salida e inicio de servicio a la central. ¡Por favor!
Conocedor de los “gustos radiofónicos” de la “VIP” dispongo el dial en el cien punto siete, Cadena Cope, ajustando el volumen a niveles no molestos.
Superado y olvidado ya el percance, me intento concentrar en mantener lo que se denomina “una conducción de seguridad”. Este término, que nada tiene que ver con la seguridad vial, hace alusión a una serie de consejos referidos al modo de conducir cuando se trata de un vehículo de escolta. Básicamente, se supone que debes de seguir una ruta preestablecida, conducir con una cierta distancia con el vehículo precedente y una serie de consejos a favor de una mayor protección.
Estamos en las cercanías de nuestro destino, el despacho de la personalidad y observo un vehículo estacionado en doble fila. Este es uno de los momentos más peligrosos de la escolta, así que intento “escanear” toda la proximidad al lugar.
A pocos metros, dos individuos jóvenes, cubiertos por sendos abrigos y con sus manos en los bolsillos, mantienen una actitud vigilante. Sus “gafas de sol” prácticamente le delatan. Aún así, disminuyo la velocidad y hago saber a Jose de la existencia de aquellos tipos, demandando su máxima atención. Unos metros más adelante y cuando detecto “las señales” de su vehículo (Citroën Xsara oscuro con antena de inhibidor), me relajo sabedor que son los del servicio de “contra-vigilancia”.
Son muchos los detalles y poco el tiempo que a veces se dispone para activar el sentido de la alerta, si bien, la experiencia y el aprendizaje continuo, son el mejor entrenamiento para adquirir habilidad en este campo.
Detengo el coche, saludo a mis compañeros de la “contra” y Jose abre la puerta a la personalidad, acompañándola casi de la mano por su costado izquierdo. Ambos se pierden en el inmueble e instantes después Jose se reúne conmigo.
Mientras estaciono el coche en la plaza reservada, mi compañero se disculpa.
-Perdona lo de antes, es que ha salido sin avisar.
-Tranquilo. ¿Has llamado dando la llegada?
-Sí.
-Si te vuelve a ocurrir, al menos cuando te subas al coche no hagas ningún comentario. En el coche debes de abstenerte de hablar salvo que sea necesario. Nunca llames con tu teléfono personal. A la “VIP” no le importa nada de nuestras vidas y mucho menos saber que nos hemos equivocado. Tienes que aprender estas cuatro cosillas. Y por cierto, camina siempre detrás de él y sobre su lado derecho. ¿Ok?
-¡Ok! perdona, es que me he puesto nervioso. Y encima los dos de la “contra”. ¿Los conocías?
-No, porque los cambian mucho, pero el coche es el mismo desde hace varios meses. Por cierto, ¿has desayunado?
-Sí.
-Pues me da igual. Te toca pagar los cafés.
Una sonrisa transparente de mi compañero ratifica su gratitud para con mis consejos de “veterano”. El resto de la charla discurrió por mi aclaración sobre las numerosas dudas profesionales que inquietaban a Jose. Una frase corta el “buen rollo”:
-Señores, son cuatro euros con veinte.
-¿Por dos cafés?
Miro a Jose con la tranquilidad que me otorgaba el saber que no sería yo quién contribuyese con aquél “atraco”, haciéndole ver que somos conocidos en la zona y que habíamos sido agraciados con un trato de favor.
-¡Pues menos mal! Que si no nos hacen “descuento” hubiera tenido que pedir una ampliación de la hipoteca para pagar dos “p…” cafés.
-A mi no me mires, yo pagué el otro día.
-¡Sí claro! En el bar de tu cuñado. ¡Qué listo!
Otra de las eternas luchas entre policías. Promociones y promociones de policías no han podido alcanzar un consenso sobre quién paga la ronda de cafés. Soy víctima de la misma situación económica que el resto de mis compañeros, pero difiero de ellos a la hora de intentar escatimar hasta un miserable café a tu colega. ¡Hay que tener un mínimo de dignidad!
Durante el “plantón” cada uno se entretiene como puede. Hay quienes recurren al teléfono para contar a sus respectivas parejas hasta el último detalle del alicatado del cuarto de baño del “Hotel Palace”. Hay quienes estudian para ascender o ser profesores de autoescuela. Y hay quienes recurren a la lectura, siempre interesante, de los diarios deportivo-culturales de tirada nacional.
Esta última opción es la que da más juego a la tediosa “inactividad”.
-Fernando Alonso va a fichar por Ferrari.
-¿Sí? ¿Y pone ahí algo de cuándo nos suben el sueldo?
-Mira que eres estúpido. No se puede hablar de nada contigo.
E inmersos en una pueril discusión, provocada en cierta medida por mi falta de interés hacía la conversación planteada por Jose, las puertas del ascensor se abren dejando ante nosotros a la “VIP” que nos mira con cara de asombro. Era evidente que nos había “pillado in fraganti”, fuera de cobertura.
Maquillamos la situación lo mejor posible y todo volvía a empezar. Nuestro trabajo es bastante repetitivo y resulta, como se diría ahora, un “dejávuè” continuado.
La “VIP” introduce en nuestra jornada otro destino poniendo fin a la permanente interrogante ¿y ahora adónde?
-A “Ifema”, por favor.
Se trataba de una dirección muy frecuentada, así que apenas tuve que procesar la nueva ruta y como si fuera un dispositivo de “GPS”, pusimos rumbo hacía el ferial. Las pautas se repiten generalmente en todos los desplazamientos, excepción hecha de grandes eventos o actos con importantes concentraciones de público.
Viernes, 14:20 horas
LA HORA DE LA COMIDA
Ambos relojes, el real y el biológico (aunque debería de llamarse gastronómico), marcaban la hora de la comida. En lo que a mí respecta, estoy bastante acostumbrado a comer a deshoras, pero Jose, o mejor dicho, su estómago, no soportan la indisciplina horaria del trabajo de escolta.
Impaciente e irascible me pregunta cuándo podremos comer. Intento ser comedido y comprensible con sus necesidades, pero no me queda más remedio que decirle la verdad.
-Comeremos cuando se pueda. Ten paciencia, además sólo son las dos y veinte.
-Ya, pero yo no he desayunado casi nada y no aguanto más. El “tío” va y se mete en una reunión y no dice “ni mu”.
-¡A ver agonías! Vete acostumbrando a esto. Él nunca te dirá nada, tiene la cabeza ocupada con sus problemas y posiblemente ni siquiera sepa cuanto tiempo tardará.
-Y como al “señorito” le pondrán un aperitivo, al escolta que le den. Un cuarto de hora, como no coma algo en un cuarto de hora, vete llamando a un “Samur”.
-¡Exagerado! El “guardia” siempre come, yo diría que nació exclusivamente para comer, bueno y beber. En todo caso, tanto gimnasio y tantas pesas y no puedes aguantarte un rato. Si es que ya no quedan policías como los de antes. Veinticuatro por veinticuatro, así se curraba en la “Bandera de Protección” y ahora trabajas un día y libras dos y encima protestando.
-Que tú estabas allí para contarlo. ¿Qué llevabais lanzas en lugar de pistolas?
Otro de los “problemas” del servicio de escolta está en su servidumbre. En otros destinos en los que he trabajado, resultaba normal, dado que estabas permanentemente en la calle, el realizar “gestiones personales”. En este trabajo tu cometido se debe y somete a la agenda profesional y vida social de otra persona, que para nada le preocupa nuestras necesidades.
Y las dudas “alimenticias” se disiparon como la niebla ante la aparición del Sol. Tanta polémica quedó solventada cuando la “VIP” resurge del “deseo” y nos manda llevarle a casa.
-Llama a los compañeros del domicilio y a la central, e informa de la llegada.
-Ciervo 111, aquí es Ciervo 1.
-Aquí es Ciervo 111.
-Entramos en urbanización. ¿Recibido?
-Roger. Sierra.
Cegados por el ansia y las ganas de irnos a comer, olvidamos recordar que las salidas y llegadas de la personalidad al domicilio, son unos de los momentos más peligrosos.
Una estimulada conciencia despierta mis sentidos, aunque al final todo transcurre “sin novedad”.
-Saldré a las seis. Gracias.
Estas palabras timbran el visado de nuestro pasaporte para ir a comer. Pero ahora la “complicación” era otra.
-¿Dónde comemos?
-Donde quieras, a mí me da igual. ¿Qué te apetece?
-Me gusta el “VIPS”.
Personalmente este restaurante no me gustaba nada en absoluto. El precio por comer es más caro que la dieta asignada, el servicio es lento y la comida no es para “tirar cohetes”. Pero tampoco estaba dispuesto a discutir con mi compañero por un asunto de este tipo, así que acepté la propuesta.
-¡Pues vámonos al “VIPS”!
Unas ensaladas “César”, unos filetes de pollo, sendos postres y unos enésimos cafés, nos renuevan las energías, tal es así, que decidimos caminar un rato antes de la vuelta al “tajo”.
Viernes, 18:00 horas
SEGUNDAS PARTES NUNCA FUERON BUENAS
Al igual que el instinto que dicen poseer ciertos animales, el escolta cuenta también con su “sexto sentido” particular. Algo no olía demasiado bien en el ambiente y todo augurio pasaba por la acera de la negatividad, en principio, sin motivo aparente.
Con la duda de los designios que nos dispondría la personalidad, lo que sí estaba claro, porque así se producía viernes tras viernes, era que la jornada no terminaría antes de las cinco o seis de la madrugada. Sólo pensar en que aún nos quedaban diez o doce horas más de trabajo, apocaba cualquier resquicio de humor.
Esperábamos la salida del protegido dentro de la garita de seguridad, con los mismos compañeros del turno de mañana. Teniendo en cuenta que el “juicio” tuvo que suspenderse por causas mayores, volvimos del receso reiniciando con ganas la fase oral, poniendo a “parir” a unos y a otros, en ocasiones con mejores o peores intenciones.
El caso es que va implícita con la vida profesional de cualquier policía, al menos eso es lo que pienso, el hecho de tener que estar permanentemente hablando mal de los demás. Desconozco si este es un factor psico-biológico (término que leí una vez en el temario de ascenso a Oficial de policía) pero lo que sí sé de buena tinta, es que pocos escapan a esta mala praxis, de la que todos son juez y parte y viceversa.
-Pues a “fulanito” yo le pedí una vez unos “Moscosos” y no me los dio y luego después fue “menganito”, pelota y arrastrado como el que más y se los firmó sin ningún problema…
El recordado sonido detiene prácticamente la misma situación. El acompasado “mic” emitido por la centralita, nos avisa de la pronta salida de la “VIP”, así que todos volvimos a nuestros puestos.
Un detalle importante, la personalidad salía de la casa a las 19:55 horas, o lo que es lo mismo, casi dos horas después de habernos citado. Otra práctica habitual de casi todos los protegidos y que suele “molestar” a cualquier escolta. Si hay que trabajar se trabaja, pero no es de recibo desgastar a las personas responsables de tu seguridad, tan gratuitamente. Dicho queda.
En una rápida ojeada me percato del cambio de indumentaria de nuestro acompañante del asiento de atrás. Vestido con ropa deportiva y llevando en sus manos un bolso porta-trajes, sus palabras terminaron de cumplimentar la primera línea de nuestro “sudoku”.
-Al gimnasio, por favor.
Y otra vez a empezar. El paréntesis de la comida y la posterior tertulia, nos había hecho casi olvidar el verdadero motivo de nuestra permanencia en el lugar.
Durante el trayecto la “VIP” realizó varias llamadas telefónicas, entre tanto, Jose hacía gestos al hilo de las conversaciones. Parecía un director de orquesta, sólo que sin “barita”. Por un momento pensé que le preguntaría directamente a nuestra personalidad, sí pretendía salir en la noche de aquel viernes.
Indiqué a mi compañero como pude, con las limitaciones que me planteaba el uso de la comunicación no verbal, de la cual nunca alardeé, para que hiciera el favor de no “retransmitir” las conferencias y que ya hablaríamos después, él y yo solos, en soledad.
Por un lado la actitud de mi binomio era digna de reproche, aunque por el otro lado de la moneda, le “justifico”. El promotor de aquel comportamiento no era otro que la falta de comunicación e información con respecto a los planes de la “VIP”. Algo muy corriente en las escoltas de “segunda división”.
El tráfico por el centro de la ciudad se encontraba en la denominada “hora punta”. Nuestro escoltado, sólo “recomendó” la posibilidad de ir algo más rápido. Mientras yo me removía en mis fueros internos, pensando que si hubiera salido a su hora no hubiéramos tenido problemas, mi compañero ya había puesto el “pirulo” y su indeciso dedo ahora había perdido toda timidez, pretendiendo activar los sistemas acústicos del vehículo.
Con todo el tacto que requiere el escenario provocado por el retraso de la “VIP”, tuve que hacerle ver que la circulación era tan densa, que el uso de los medios no nos ayudaría en nada. Y alivié el ambiente comentando “inocentemente” que el atasco apenas duraría hasta el cruce de la calle Alenza.
Pero mi verdad piadosa se convirtió en mentira cuando en la mencionada confluencia, el colapso permanecía. Ya para entonces, la “VIP” había asumido la realidad del resto de los mortales, y si pensó en algo, lo hizo en silencio.
Casi una hora después de la salida de la personalidad de su domicilio, llegamos al punto bautizado como el “setecientos diecisiete”, es decir, el gimnasio “Metropolitan”.
Al momento las simpáticas azafatas de recepción del club deportivo nos ofrecieron tomar algo, interesándose una de ellas por mi nuevo acompañante.
Presenté a mi compañero a todas y a cada una de las jóvenes, y por primera vez le vi contento y también le vi ruborizado como un adolescente. La coyuntura parecía desbordarle.
-¿Nos tratan bien aquí?
-Sí, eso es porque venimos mucho y hacemos buenas relaciones públicas.
-No está mal esto de la escolta. ¿Cómo se llama la morenita?
-¿Cuál, aquélla? Raquel, ve y dile algo. ¡Venga!
Y el “crédulo” Jose, allí que fue en busca de un nuevo número de teléfono. Ilusionado e ingenuo, se acercó a la chica e intentó flirtearla, desconocedor de que aquella flor ya había sido merodeada por más de un “insecto”.
-¡Qué cerdo eres! No me habías dicho que estaba casada.
-Los sentimientos son sordos y tú solo querías saber su nombre. De haberte contado lo que ahora ya sabes antes de ir, hubieras pensado que te estaba mintiendo.
Y con estas bromas típicas de los “malos compañeros” y gracias a la complicidad de las “picaronas recepcionistas”, las risas encubiertas disimularon la hora y cuarto que permanecimos en el lugar.
La “VIP” sale, yo guiño a las “niñas” y Jose avergonzado se despide herido en su autoestima.
Retornamos a nuestro vehículo, el cual he omitido contar que en el caso de escoltas como la nuestra, permanece solo sin vigilancia durante mucho tiempo, así que es conveniente realizar una pequeña y efectiva requisa tras su “abandono”.
Viernes, 22:20 horas
LA CENA Y EL “POSTRE”
-A la Sala “Fortuny”.
Y como un autómata el mecanismo se reactiva. Comunicado a la central, un ojeo a la guía y con las ideas claras, cogemos la ruta más corta hasta nuestro nuevo destino.
En esta oportunidad el desplazamiento fue breve y sin incidentes algunos. Llegamos al local y el escoltado se introduce en el interior sin importarle en exceso nuestra suerte.
Mi afán fue seguirle, pero cuando mi sombra artificial provocada por los focos instalados para el evento, pretendía cruzar el umbral de la puerta principal, un “Terminator” que había adoptado forma de portero, me detuvo con su mano derecha, más parecida a una raqueta de pádel que al miembro de una persona normal.
-Caballero, es una fiesta privada, si no tiene acreditación no puede entrar.
Me sorprendió que me llamara caballero y por un momento pensé que cada vez los educan mejor, aún así, yo debía hacer mi trabajo.
-¡Buenas Noches! No hay ningún problema, únicamente informarle que pertenezco a un servicio de escolta y necesito supervisar la sala.
Estando yo en plena explicación, Jose, rezagado en el tiempo y en las formas, arremetió en medio de aquel intento de conversación con un rotundo: “¡Policía!”.
Pero aún mi compañero se guardaba un “as” en la manga. Por si el brillo de la placa emblema no era suficiente para “deslumbrar” al impertérrito portero, descubriéndose parcialmente su chaqueta, deja expuesta a la vista de todos los allí presentes, las “cachas” de su recién estrenada pistola “Hk”, y sentencia:
-¡Esto, no lo llevo yo para ir por ahí a tomar copas!
Impávidas quedaron mis palabras ante la reacción de Jose, y no supe si reírme de la payasada o irme corriendo. El caso es que aquel ropero de dos por dos, accedió a nuestra solicitud, no sin antes darnos un escarmiento en forma de lección sobre las buenas costumbres y modales.
Y los problemas empezaban a echarse encima igual que la noche. Me disculpo con el “guardameta”, quien después nos cuenta en “petite comité”, que se está preparando para policía, que una vez conoció a un “Geo” o “Goe” o algo así y una retahíla de “conocimientos policiales” sorprendentes.
Calmados los ánimos por ambas partes, como si ya fuésemos amigos de toda y para toda la vida, hábilmente le escribo en un papel mi número de teléfono personal, ofreciéndole mi falsa ayuda para el tema de su oposición. Acto seguido y en pleno “clímax”, le pido que me hiciera el favor de avisarnos ante cualquier incidente que se produjese en la fiesta, por insignificante que pudiera parecerle. Y para el final de aquella serie de planteamientos encadenados, aparentemente inconexos, le digo que nos vamos a ir a cenar. Muy cerca, eso sí.
Eran más de las diez de la noche, así que el servicio de contra vigilancia ya no nos podía cubrir mediante un pequeño relevo, el tiempo mínimo necesario para ir a cenar, pero lógicamente debíamos de reponer energías.
Quizás con el “plan de actuación operativa” en la mano, que es lo más parecido a un libro de instrucciones, nuestra actuación era improcedente, pero es lo que pasa cuando quienes trabajan son personas y no máquinas. Teniendo en cuenta que el local estaba controlado, ese extremo lo habíamos sufrido en nuestra propia carne, que nuestro “aliado” nos avisaría ante el menor incidente, y que quedaba descartada la idea de que la “VIP” saliera de inmediato, nos fuimos a cenar a apenas medio kilómetro de allí.
Ya en el improvisado “avituallamiento”, Jose ironiza sobre la peripecia vivida, diciendo barbaridades como que le hubiera detenido por no sé qué delito, llegando a enumerar una increíble parrafada de tipos penales inventados, hasta que mi paciencia se declaró extinguida y dictó resolución: “Ya vale, ¿no?”.
Y como dice el refrán, “a buen entendedor pocas palabras bastan”, así que mi compañero refunfuñando entre dientes pasó página. Yo con el único ánimo de continuar en su aprendizaje, le comento con la sensibilidad propia de un padre, que aquella sólo era la primera de las muchas broncas que nos encontraríamos en el transcurrir de una jornada de viernes noche.
Buscando su “perdón”, le parodio con casi sus mismas palabras: ¡Esto, no lo llevo yo para ir por ahí a tomar cubatas!
Y en nuestra intención de olvidar, olvidamos hasta nuestra dieta de proteínas. El postre de chocolate de la carta era demasiado suculento como para no pedirlo, así que me justifiqué conmigo mismo con la idea de que trabajaría durante toda la noche.
Mientras removía el doble “azucarillo” de mi cuarto café, mi compañero no dejaba de indagarme por inquietudes acerca del servicio.
-Tengo ganas de ir a “Gabana”, ¿crees que iremos?
-Pues no tengo ni idea y posiblemente la “VIP” tampoco. Suele improvisar sobre la marcha.
No nos quedaba más remedio que “repatriarnos” nuevamente al local y allí estaba nuestro guardián. Con sumo interés nos da las últimas novedades y nos ofrece tomar algo. Sus intenciones eran claras y manifiestas, por un lado pretendía eludir el aburrimiento que le asolaba y por el otro quería escudriñar en la misteriosa y secreta vida del escolta. Su interrogatorio comenzó como una buena técnica, primero nos dijo cuanto ganaba él y acto seguido preguntó por el bruto de nuestras nóminas. Con una falsa cantidad que buscaba más la apariencia que la realidad se conformó, pero después le siguieron preguntas sobre horarios y el ineludible intercambio de “batallitas”.
-“Una vez estando yo trabajando en el concierto de “Hombres G” en el Palacio de los Deportes…”
Nuestros sentidos decidieron dejar de escuchar y hasta de oír. Nuestra atención fue eclipsada por un “ejército” de azafatas que abandonaban la fiesta dando por finalizado su trabajo. Y en detrimento de la historia de nuestro “compañero” el portero, nuestra cortesía se decidió en favor de las “animadoras”, principalmente por dos importantes cuestiones: la primera, que quizás la “VIP” saliera a continuación. Y la segunda y más influyente, que la bautizada como “la rubia”, según Jose, le había guiñado.
Ya sé que no estuve bien, pero tenía la maliciosa obligación de sembrar, regar y hasta que cosechar la duda en el rebrote de “autoaprecio” que empezaba a crecer en los adentros de mi compañero.
-Creo que ese guiño estaba claro para quién era. La conozco de otras fiestas.
-¿En serio?
-¿Tú con quién crees que vas?
Mis palabras eran tan falsas como convincentes y el “famélico” Jose dio por perdidas todas sus perspectivas. ¿Qué podía hacer? Me sentía impulsado por un ente incontrolable, la envidia, y no podía consentir que en apenas dos días trabajando como escolta, mi compañero se “distrajera” tanto de sus cometidos. Y mi sana celopatía daba paso a una terapia de choque, cuando advierto la salida definitiva de la personalidad, algo más “contenta” que de costumbre.
Sube al coche acompañado por dos amigos, Jose me interroga con su mirada y le “comunico” que pueden subir. Tras un saludo de “buenas noches”, la orden dimanante es previsible: “Al <<Rams>>”.
Las fuerzas comenzaban a notar su deterioro. Podían ser perfectamente cerca de las dos de la madrugada y para entonces llevábamos levantados unas veinte horas y lo peor es que el servicio aún no vislumbraba su final.
Llegamos en no demasiado tiempo al elitista “lounge” escuchando durante el trayecto y de la mano de los “alegres” amigos de nuestra personalidad, las peripecias acontecidas en su ánimo por conquistar a una tal Andrea. Evitamos las risas en ese momento, después no.
Se trata del típico local con decoración minimalista y público capitalista. Nunca hemos tenido problemas de seguridad en este sitio aunque el trato personal es distante. Mi sensación es que cuando vamos quebrantamos la hilaridad de la “high society”, o como diría un veterano que yo me sé: “Vamos, que le cortamos el rollito a los pijos”.
Luchamos por hacernos hueco en una de las pulidas barras de mármol travertino sembrada por candelabros con velas de color rojo, que junto con la chimenea, creaban un ambiente acogedor. Pedimos dos refrescos ante la sorpresa del “barman” que no entendía mucho nuestra presencia en aquel lugar refinado, y mucho menos, que osáramos pedir un refresco al mismísimo “Rey de los cócteles”.
Como el cliente es quien manda, aunque no tenga apariencia ni “pasta”, en nuestro caso, el camarero nos sirvió y pidió el importe de las consumiciones.
Pagamos sin el recelo de saber que no eran nuestros bolsillos las víctimas de aquella “estafa”, pero la contrariedad se convirtió en nuestra cuando al pedirle que nos emitiera un ticket o factura, el susodicho empleado manifestó tener estropeada la impresora.
“Removimos Roma con Santiago” hasta poder conseguir un facsímil de lo que debía haber sido el ticket que justificase nuestro gasto. Y con la calma que nos confería tener el importantísimo documento en nuestro poder, brindamos por el éxito en nuestras gestiones.
Apenas saboreo el refresco que contenía aquel caro vaso de diseño y lo deposito en el mostrador con su contenido intacto. Le digo a Jose que nos vamos señalándole a la “VIP” que estaba poniéndose el abrigo y se disponía a largarse. Pero mi cándido compañero renegaba en su sorpresa.
-Espera, si esto lo tengo entero.
-Y entero se va a quedar. Venga que ya sale.
Y Jose en un derroche por no “derrochar”, inclinó su “cáliz” y como pudo se bebió hasta la última gota de su “Coca Cola”. Luego “soltó aire en estado gaseoso” y me siguió orgulloso de su hazaña.
En mi formación “continuada” como policía, siempre estudié las leyes más importantes: la Constitución Española, la Ley Orgánica de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, hasta la ley del más fuerte. Ningún responsable de mi preparación técnico policial, ¡nadie!, me preparó para enfrentarme a la peor de todas las leyes: la conocida como “Ley de Murphy”. Una malnacida ley, errónea desde su concepción, ya que este “imperfecto” precepto debería haberse apellidado con mi nombre.
-A “Pacha”.
Y el “vía crucis” nocturno avanzaba hasta la próxima estación de penitencia. Nuestro coche había ido tantas veces hasta la Plaza de Barceló, que yo creo que ya circulaba solo. ¡Ríanse lectores del piloto automático de los aviones!
Para los profanos en la “noche madrileña”, decirles que “Pacha” es un icono de las discotecas. Con un aforo de miles de personas, varias plantas, aparcamiento inexistente y todos los candidatos a “Míster Olympia” del mundo trabajando como porteros.
Perdonen hipotéticos lectores si aún están ahí, que mi relato se vaya degradando al mismo ritmo que lo hacen mis energías en el transcurso del servicio que intento contarles. Pero queridos y necesarios amigos, intento ser fiel a las condiciones reales que acompañan y “gualdaespardan” el trabajo de un escolta.
Indico a Jose que se vaya con el protegido y sus amigos entre tanto yo aparco. Mi compañero no duda ni un momento de mis instrucciones y se pierde entre la multitud.
Mi misión era dejar el coche oficial en un sitio controlado, que no me lo “encerrasen” y no demasiado alejado. Casi nada.
Tres vueltas de reconocimiento con resultados infructuosos. Y en mi calvario particular unas luces parecen alumbrarme. Distingo a unos metros unos intermitentes pidiéndoles paso al caos y me lanzo como un camicace hacia el hueco.
Me felicito a mí mismo por lo “bueno” que soy y comienzo las maniobras de estacionamiento. El espacio es “justito” para nuestro coche, pero aquel golpe de suerte no había que despreciarlo. La luz blanca de la marcha atrás anunciaba el “camino” hacia la gloria, pero de repente, una “mano” golpea contundentemente el capó del coche.
Recorro visualmente aquella “manaza” buscando su propietario que estaba unos metros detrás. ¡Sí! No les exagero. Aunque parezca mentira, descubrí en pleno siglo XXI al auténtico eslabón perdido: “El Matón de Neanderthal”. Si Darwin viviera para verlo, sinceramente se sorprendería.
Me está aullando algo. Bajo pacientemente mi ventanilla y anulando el ruido de la muchedumbre, un irreconocible pero sí comprensible grito en “hispano-rumano”, me viene a decir algo así como: “¡Largo de aquí!”
Identificarse como policía en ese momento era algo poco recomendable. La capacidad de raciocinio de aquella “mole” sería incapaz de diferenciar una placa de un plátano. Así que ante el evidente “subidón” de adrenalina, la ausencia de modales, y las dotes físicas de mi interlocutor, respiré profundamente y conté hasta tres.
-¡Tres! (Nunca se me dieron bien las matemáticas) Es un vehículo de policía, así que cuídalo convenientemente.
Dejando “por olvido” el inhibidor puesto, para fastidiar un poco con la elegancia que caracteriza al “guardia” la labor del aparcacoches, cierro el auto y me encamino hacia la entrada. Mis escuetas palabras así como mi pacifista indiferencia, dejaron al apocado “gorila” ensimismado en mi acción.
Mi “victoria” a la larga resultaría ser efímera. Pero sin adelantar acontecimientos, sólo he de decir que un policía no puede ir por ahí peleándose con todo aquel que le lleva la contraria. Estamos para solucionar problemas, no para crearlos. Bueno, no sé.
Primer objetivo, cumplido. Segundo objetivo, conseguir entrar en la discoteca y reunirme con mi binomio.
Me dirijo a la puerta “VIP”, por la que sólo pueden acceder los “frikis” de los programas de televisión, traficantes de placeres y todo este tipo de gente. ¿Yo qué tenía de menos?
Busco con la mirada al jefe de sala, quien estoy seguro que se sabe hasta mi nombre, pero testigo de mi percance con el “aparca”, me dice que no puedo pasar. Ante el repentino episodio de amnesia de éste, inducido claro está por su aversión a todo policía, mis recursos son limitados.
Indago en el “vademécum policial” el antídoto para su voluntario olvido, y el medicamento prescrito para la pérdida de memoria voluntaria, es insistir lo suficiente hasta que el sujeto tropiece en su cerebro con una imagen nítida del dicente, la relacione y recuerde que es escolta de alguien que se gasta mucho dinero en su local.
-¡Buenas noches! Soy escolta de “fulanito”, que ha pasado hace un rato. Venimos unas quince veces al mes.
El poder de esta persona es inmenso. Serio como si estuviese decidiendo el porvenir del mundo, analiza mi mensaje, lo descodifica y permanece impávido en su papel.
Como la situación se convierte en un pulso de a ver quién puede más, contraataco.
-Si tienes alguna duda sobre lo que te digo, pido unos indicativos de policía municipal y ya de paso vemos como anda el tema de licencias y esas cosas.
Es curioso. Tengo que rozar la amenaza para que el oxígeno vuelva a regar la zona de cerebro afectada por su padecimiento. Me abre la sagrada cadenita para la sorpresa de los expectantes clientes que aguardaban su minuto de gloria y para colmo, me ofrece una invitación, la cual hace extensible a mi compañero.
Aunque nadie pidió nada, la dádiva fue entregada y recibida con el desagrado propio del compromiso. En mi “papel” de escolta educado, doy las gracias por el “detalle” que después donaría a las dos primeras chicas “normales” que encontré.
Jose olvidó anteriormente llevarse el teléfono oficial, pero para eso estaba yo pendiente. Hasta aquí algo pasadero y admisible. Lo saco de mi bolsillo y cuando intento buscar en la agenda el número de la central, un pitido anuncia el agotamiento de la batería. Compruebo el terminal inmerso en la incredulidad, pero por más que apretaba el botón del “on/off” la pantalla no se encendía.
-¡No puede ser!
El móvil tras veinte horas de servicio, dijo que ya no trabajaba más.
Las dudas me abordan. ¿Dónde estarán? ¿Ahora cómo llamo?, no tengo saldo en mi móvil. Pienso deprisa y caigo en la cuenta del equipo de transmisiones, claro que el “esquema de la comunicación” está inconcluso porque mi compañero no tiene equipo.
-¡Central! Soy “Ciervo Uno”. Nos hemos quedado sin batería en el móvil.
Adiós a los protocolos en las comunicaciones. Estaba yo como para plantear mensajes encriptados. También la discreción brillaba por su ausencia. En pleno vestíbulo de “Pacha” me encontraba pidiendo a voces un auxilio “técnico”.
-No te oigo bien compañero. Salte de ahí y repite el comunicado.
-¿Qué me salga fuera? ¡Qué cachondo! A ver repito, soy “Ciervo Uno”, estamos en “Pacha” pero nos hemos quedado sin batería, así que llama a mi compañero Jose a su móvil particular y le dices que le espero junto al guardarropa.
-¿Te sabes el teléfono de tu compañero?
-Pues no me lo sé de memoria. Búscalo en la base de datos.
- ¿Cómo se apellida?
-El primer apellido es Viejo, pero el segundo no lo sé. Lleva sólo dos días conmigo.
¿Patético? ¡No! Yo diría que desesperante, sobre todo porque no hemos terminado la jornada y como encima pase algo, querrán echarme la culpa de que la batería del móvil no aguante.
Y en mitad de mis maldiciones y pensamientos nada buenos, Jose me toca en el hombro todo emocionado y me dice:
-Menudo ambientazo hay.
No hizo falta que le contestase. Mi cara era como el titular de la portada de un periódico sensacionalista, letras grandes y frases fáciles para que todo el mundo lo entienda.
Sabedor de que la culpa de lo sucedido no era en ningún caso reprochable a mi compañero, me calmé y esbocé una forzada sonrisa.
-¿Dónde está?
-Arriba en el “Cielo”.
-Querrás decir el “Averno”.
-¿Y no es lo mismo?
-No, no es lo mismo pero me da lo mismo. Tenemos que estar aquí de todas las maneras. Por cierto, antes de que se me olvide, no tenemos móvil oficial y el equipo “Sirdee” aquí tiene mala cobertura, así que te toca usar tu móvil personal en pro de la causa.
-¿Y por qué el mío?
-Pues porque yo no tengo saldo. Ya lo hablamos con los jefes y que te paguen algo.
No quedó muy convencido, aunque su negativa inicial se rindió ante la necesidad. En el fondo pensaba que su acción iba a ser recompensada de alguna forma. Yo sabía que no.
Distábamos tan poco de los “querubines” del “Cielo”, ese paraíso reservado sólo para los elegidos, que el mismísimo “Caronte” fingiendo ser “San Pedro” , nos permitió el acceso. Dante y nuestra “Divina Comedia” habían diseñado en la imaginación de las cinco de la mañana, el conocido como “bosque de los suicidas”, que una vez tras otra acudían en busca de su expiación a los aseos del sitio, volviendo como poseídos ante su esnifado “perdón”.
-¿Ese no es “fulanito”?
-Sí, ¿por?
-Yo habría jurado que ese no…
Jose se mostraba “a gusto” rodeado por aquellas “almas famosas”. Sorprendido por “ver” lo que estaba viendo y aunque no lo dijera, convencido de que formaba parte de la escena. En cambio, yo ya estaba tan acostumbrado que no despertaba mi atención prácticamente nadie, ni nada. ¡Qué efímera es la ilusión!
Localizamos al protegido y ante la calma, decidimos tomar algo. Mi compañero pensaba que como anteriormente nos tuvimos que dejar las consumiciones enteras, seguía teniendo sed. Yo en mis adentros buscaba un golpe de “mala suerte” y que la “VIP” se marchase, aún teniendo que dejar las bebidas sobre cualquier mesa y salir “huyendo” a la carrera.
-Dos “coca colas light”, por favor.
-Vale igual un refresco que una copa.
-Sí, no hay problema.
-Son veintiocho euros, tienen que abonarme por adelantado.
Pagamos la cantidad convenida a la “malpensada” camarera, quien sobre el platillo del cambio nos deposita un lustroso comprobante. Las cosas parecen normalizarse.
-Verás mi amiga Juani cuando le cuente que he estado con “este”, que estaba besándose con “esta”, quien a su vez estaba con “aquel” cuando “este” se iba al baño.
-¡Dos cosas! Primero, tú no estás con nadie más que conmigo. ¿Juani sabe quién soy?
-No.
-Por lo tanto no le va a emocionar mucho tu historia. Segundo, tienes que aprender en este trabajo a ser discreto. Nadie te creerá nunca lo que le cuentes y además, no ganas nada con ello. Solo problemas.
-Hombre, mis amigos saben que no miento.
-Te cuento como funciona esto. Tu le cuentas a tus amigos, tus amigos a sus amigos y al final, todo se desvirtúa de tal forma, que aunque lo que tu contaste como verdad, los demás habrán conseguido que parezca mentira. Entonces, ¿te merece la pena?
-¡Joder “tío” como eres! Estás “cabreado” porque son las tantas y todo te parece mal.
-Rebobino. ¡Dos cosas! Una, como dicen los futbolistas, “lo que pasa en el campo, se queda en el campo” y dos, deja el móvil quietecito que te estoy leyendo las intenciones.
Mi regañina no sentó bien a Jose, que convirtió un consejo en un tema personal. Yo únicamente pretendía explicarle las normas del juego en mitad del sueño de cualquier “paparazzi”, sólo que nosotros estábamos allí para un cometido totalmente distinto.
La manecilla pequeña del reloj alcanzaba en caída libre la hora sexta. La música, por llamarla de alguna manera, involucionó hacia un silencio acompasado por jactanciosas reclamaciones y demandas de nuevos estruendos musicales inundados en más alcohol.
Luces blancas invitaban a la gente a marcharse y traicioneramente devolvían la sinceridad a los rostros de las “bellezas”, que ya no lo parecían tanto.
Conocedor del principio del fin, pienso que el único feliz por el inminente cierre, era yo. Hasta Jose creo que se encontraba en su “salsa” y no quería irse. Le prevengo y advierto de que estuviera atento, pues siguiendo el aleccionamiento de mis experiencias anteriores, nos encontrábamos en el peor momento de la noche.
Nuestro escoltado nos busca con evidentes síntomas de cansancio y hartazgo. Su mirada nos “ordena” bajar hacía la calle.
Como dirían unos humoristas sevillanos, “la plaza estaba abarrotá”. Me parece, bueno no me parece, afirmo, que los únicos abstemios de todos los allí presentes éramos nosotros, los empleados de la discoteca y los taxistas, que en “vuelos circulares” merodeaban como buitres al acecho de su próxima “comida”.
Señalo a la personalidad la ubicación del coche, pero él ni me mira, prefiere la compañía y “protección” de un coro de amigos. Fundidos en pasionales abrazos, las “dipsomaníacas” despedidas se prolongaban en una interminable verborrea digna de cualquier “diálogo de besugos”.
-¿Por qué no se va?
-¿Has visto alguna vez algún borracho que razone?
Era mi primer comentario despectivo hacia nuestro protegido que le hacía a mi compañero, lo cual evidenciaba la merma de mi profesionalidad.
Y como una estrella fugaz, un vaso de tubo vuela por encima de nuestra posición. La “VIP” continuaba concentrado en sus demostraciones de amistad, cuando es interrumpida en su felicidad por mi comentario.
-Creo que deberíamos de irnos. La cosa se está poniendo fea.
-¿Qué pasa?
-Están empezando a tirar botellas.
El desprecio que mostró hacía nosotros y también hacia nuestro aviso, removió mis “tripas” y exploté para sorpresa de Jose.
-¡Otra vez lo de siempre! ¿Qué coj**** pintamos aquí? Pues no va y se pone exquisito. Anda y “que le den por el culo”.
Me encamino en solitario hacia el coche y la “obligación” vuelve a rescatarme. Ya sé que los lamentos no solucionan los problemas ni las quemazones y también sé que después de un vaso por los aires, viene una pelea de masas.
Pido el móvil a mi compañero y marco el “112” con el propósito preventivo de pedir indicativos de apoyo de todos los “colores”.
-Uno uno dos, dígame.
-¡Buenas noches! Le cuento, somos un servicio de escolta y estamos en la discoteca “Pacha”. Hay una pelea, así que mande unos “zetas” y una ambulancia.
Mi media mentira buscaba la celeridad de los refuerzos. Aunque mi descripción no se ajustaba a la verdad en tiempo real, estaba seguro de que mi premonición no se equivocaba.
-Dicen que son policías. ¿De qué personalidad?
-Ese dato no viene a cuento ahora. Limítese a mandarnos unos radiopatrullas y un “Samur” y después emitiremos un informe.
-Sí caballero, pero debo rellenar un formulario para darle trámite a la llamada.
-Señorita, insisto, mande los medios y después le cuento mi vida si quiere.
-¿Dónde está la discoteca esa?
-¡Plaza de Barceló! ¡Discoteca “Pacha”! ¡La “Pacha” de toda la vida!
-Caballero cálmese.
Termino la tediosa conversación y paso a comunicar los mismos extremos a la emisora central a través del “poket”.
-Central recibido, mando indicativos.
Para Jose era evidente mi preocupación, sin embargo como buen escolta, permanecía junto a la “VIP”, sin duda alguna expectante ante lo que sería su primera “pelea” tumultuaria.
Como predecían mis agoreros presagios, la batalla campal no la evitaba ni Dios. Todo el mundo corría de un lado para el otro en mitad de aquel desconcierto. Frágiles gritos femeninos buscaban el auxilio en medio de la masa. Como cada uno podía, intentaba cobijarse de la lluvia de objetos, corriendo por el asfalto húmedo cubierto por fragmentos de cristales rotos.
La personalidad comienza a ser consciente del peligro y ahora no se retira de nuestro lado. ¡Qué curioso!
-¿Qué es lo que pasa?
Le contesté con malos modales, que aunque no fueron quizás los correctos, no encontraron el remordimiento ni la culpa en mí. Todo aquello podía haberse evitado.
No sin complicaciones conseguimos subirnos al vehículo oficial, iluminados por el reflejo azul de los destellos y tranquilizados por el ruido de las sirenas de los policías que acudían en nuestra ayuda. Mientras, el teléfono de Jose no dejaba de sonar.
-¿Lo cojo?
Pobre Jose. Ese mismo día le había ordenado que bajo ningún concepto cogiera el móvil cuando la personalidad estuviese dentro del coche. Ahora, en pleno “estado de sitio” abolía la norma y le decía todo lo contrario.
-¡Claro! ¡Cógelo!
Como ya no sabía lo que era correcto y lo que no, me entregó su móvil y de paso me contagió su temblor de manos.
-¿Sí?
-Soy el Inspector Herce de la central, ¿qué está pasando?
-Estamos intentando salir de una riña que hay a la salida de “Pacha”. La “VIP” está bien, pero ahora no puedo hablar, después le llamo.
-¿Cómo que no puede hablar?
-Estamos en mitad de un “follón” enorme. Lo prioritario es salir de aquí.
-Pues quiero una minuta encima de mi mesa mañana a primera hora. ¿Cómo se llama usted?
Como dijo Federico Trillo en su etapa de Presidente del Congreso de los Diputados, “¡Manda huevos!”. Estamos “lidiando” un toro de quinientos kilos, sin más cuadrilla que nosotros mismos, y lo único que preocupa a mi jefe es tener un informe encima de su mesa para “mañana a primera hora”, es decir, dentro de un rato. Un detalle importante, es sábado, así que el demandado parte no será leído, examinado y cuestionado hasta el lunes después del desayuno.
-¡Gracias jefe por preguntar por nosotros! ¡Estamos bien!
Puedo hacer un esfuerzo por comprender la somnolienta reacción de mi superior y he de decir que no tengo nada en su contra, pero tampoco nada en su favor.
Mi binomio pone en marcha el motor y hace lo que puede para salir del barullo. Con la improvisada huída, no caímos en la cuenta de revisar el coche, algo normal dadas las circunstancias.
El caso es que cuando conseguimos alejarnos de aquella pesadilla, fue cuando notamos algo extraño en el funcionamiento del vehículo.
-¡El “******” del aparcacoches!
-¿Cómo?
-Nos ha desinflado una rueda. Te apuesto lo que quieras que el rumano ese nos ha jodido el coche.
El sonido era reconocible al “ciento veinte por cierto”. Busco en el asiento trasero del vehículo a nuestra “VIP” para informarle de la situación y para mi sorpresa, ¡no estaba allí!
Mis orígenes andaluces me han hecho exagerar. Estar, sí que estaba, pero solo a efectos estadísticos. Profundos ronquidos sumían en la más absoluta de las paces a nuestra personalidad. Mientras nuestros corazones rozaban la peligrosa línea de las ciento ochenta pulsaciones, la “VIP” dormía en su ebria felicidad como si nada hubiera pasado.
Ahora mi ansiedad y nerviosismo habían degenerado en una risa incontrolable cercana a la enajenación. Algo así como Jack Nicholson en la película “Resplandor”.
Nos dispusimos a cambiar la rueda con la coordinación de un equipo de mecánicos de la Fórmula Uno. Yo ejercía las labores de jefe de mecánica y pasaba lista a los útiles necesarios.
-Gato.
-¡Aquí!
-Rueda de repuesto.
-¡Sí!
-Llave fija.
-Toma.
Por tener, teníamos hasta guantes, chalecos reflectantes y triángulos de señalización. No sé por qué pensé en aquel momento en mis colegas de automoción. Sentía remordimientos por mi percance en la mañana del día de autos y me prometí a mí mismo felicitar a mis compañeros mecánicos por su trabajo bien hecho.
Y así entre broncos resuellos de nuestro escoltado, llamadas reiteradas de teléfono de uno y otro sitio, demandando información actualizada de todo lo acaecido, cambiamos la rueda en el benemérito espacio de cinco minutos.
-“Ciervo uno” informe con el número de actividad 110572. ¿Recibido?
-Recibido “110572”, gracias.
Compartir los momentos descritos, respirar el mismo aire de contratiempos, enmendar las mismas heridas y adversidades, forjaban una relación con cualquiera de mis camaradas de trabajo, que evoluciona autónomamente desde la mera coyuntura laboral hacía una amistad, en muchos casos, perdurable para toda la vida.
Contagiados por el incomprensible entusiasmo, bromeábamos sobre quién acostaría a nuestro escoltado y cosas de ese estilo. Y así, bajo el abrigo de la autocomplacencia, Jose y yo, olvidamos el frío, el sueño, el cansancio y ambos nos dimos cuenta de la importancia de tener un buen compañero.
Llegamos al domicilio de la personalidad y con todo el tacto requerido e imprescindible en estos casos, “despertamos” a la “bella durmiente” indicándole que se encontraba en casa, con una considerable trompa, pero sano y salvo.
Un intento de mueca, interpretable como una sonrisa, agradecía a su manera nuestras veinticuatro horas compartidas. En el fondo, imagino que él era consciente de nuestro cometido bien ejecutado.
-Para mañana, ya llamaré.
Con el “pájaro” en el “nido”, la jornada se daba prácticamente por finalizada. El policía encargado de la seguridad estática del domicilio, que acababa de empezar su turno de trabajo, demandaba una conversación que no encontró. Era lógico, ya estaba bien por hoy y por “ayer”.
Acompaño a Jose hasta su coche, llamamos a la central comunicando la finalización del servicio “sin novedad”, terminamos de cumplimentar el parte de trabajo y nos dimos un abrazo de esos que unen el cuerpo y también el alma.
Sin duda alguna nos depararían muchos días como el vivido, con la tranquilidad que ofrece el saber que se está bien acompañado.
-¿Qué pasa con la minuta de la pelea?
-Tu tranquilo, ya la hago hoy en casa. Total, si hasta del lunes no la va a leer nadie, contando que alguien la lea. Al final como todo ha quedado en nada, seguro que ha perdido su interés.
Emprendo camino hacia la comisaría riéndome en solitario de las situaciones tan surrealistas que habíamos experimentado.
Ya en el complejo policial, estaciono el coche en el único hueco existente, devuelvo el material y encajo con educación los comentarios de todo aquél que me había encontrado el día antes, más o menos, a la misma hora y en el mismo sitio.
Camino por el aparcamiento para funcionarios, que se mostraba tan desierto como lo abandoné, intentando recordar dónde había dejado mi coche. Tardé en reaccionar y relacionar. Lo sé, acabaré teniendo que anotar la plaza. ¿No es algo increíble?
Sábado, 08:00 horas
AL FÍN EL FÍN
Los asientos con la tapicería helada, me sitúan e incomodan en otra realidad. Enciendo la radio, pulso el “play” y Enrique Bunbury presenta a los suyos en directo en el transcurso de la reseleccionada canción “La Decadencia”, mi tema preferido.
A golpe de gritos descontrolados, recorro el trayecto hasta mi casa sin encontrar atascos, algo lógico, era sábado por la mañana. Un golpe de fortuna con otro de desdicha se compensa, así que no encuentro ni una sola plaza de aparcamiento en mi barrio. Adusto por el contratiempo, me lanzo a la aventura de dejarlo en un “carga y descarga”.
Mi vecino, con el “Marca” recién hecho bajo el brazo, me abre el portal y me da los buenos días como sólo él sabe hacerlo.
-¡Qué bien te lo montas! Aquí viene el tío de “juerga” con su trajecito, claro como paga el “estao”. ¡Vamos que vives como un marqués!
Le sigo la corriente esperando que sea el ascensor quien ponga fin a la “guinda” del pastel. Mi llave abre la puerta y mi casa parece hasta alegrarse por mi llegada. Bueno, creo que fue al revés.
Me ducho para quitarme el olor a tabaco y templar mi cuerpo, tomo un yogurt, apago el móvil, bajo las persianas y me meto en la cama.
Los cafés y las bebidas energéticas me impiden dormir inicialmente, los primeros dos minutos, pero después hallo la equidad entre la conveniencia y la necesidad, durmiendo en la satisfacción personal y profesional de saberme buen escolta.
Sí amigos lectores, escolta, ese misterioso “personaje” que siempre cuida otras vidas, “oculto” detrás de unas “GAFAS DE SOL”.
GAFAS DE SOL”
NOTA DEL AUTOR
La intención de este texto ha sido siempre la aventurada idea de contar, para que se sepa, lo que se oculta detrás del trabajo, ingrato y poco valorado en muchas ocasiones, de cualquier servicio de escolta.
No acompañan mis palabras ningún interés por la descalificación de nadie, ni para mi viaje literario he preparado maletas cargadas de reivindicación alguna. Los que aún así se sientan aludidos por mis frases, les pediría que dejen de buscar sus reflejos en las realidades que han sido inspiradas únicamente por los mejores mentores: la experiencia y el holismo.
Sírvame pues tomarme la frivolidad de agradecer, a mi manera, la labor de todos aquellos que trabajan o han trabajado alguna vez como escoltas, sin distinguirlos por la importancia de sus protegidos.
Ojalá que quienes disponen empaticen con quienes cumplen y entre todos aportemos nuestro conocimiento y empeño para hacer mejor nuestro trabajo.
Que las “gafas de sol” no sólo sean un icono adquirido de una película de cine americano, sino también una seña de identidad de la que sentirse orgulloso.
Dedicado a mis compañeros Carlos, Herce, Sergio, Luís, Moisés, Roberto, Velasco y otros muchos que serán, por las vivencias y horas compartidas.
Jueves, 23:15 horas
ESPERANDO UNA LLAMADA
Dos atracadores se parapetan tras un Chevrolet del sesenta y nueve, mientras, decenas de radiopatrullas se suman al intento de acabar con un atraco en una sucursal bancaria.
Una bala impacta en la leyenda “To protect and to serve” de la puerta del coche policial tras la que se esconde un agente, quien cae al suelo. Un reguero de sangre discurre por el asfalto…
¡Ring! ¡Ring! ¡Ring!
Es mi teléfono. Busco en la pantalla el nombre del inoportuno interlocutor, pero el “display” solo marca “número privado”. Estaba tan concentrado en la película, que olvidé por completo que trabajaba al día siguiente.
-¿Jose?
-No, soy Carlos. Por cierto, buenas noches.
-Buenas noches, acaban de terminar tus compañeros ahora mismo y la personalidad cita para mañana a las siete cuarenta y cinco en su domicilio.
-Vale, pues coméntale a Jose cuando le llames que ya recojo yo el coche y que nos vemos a las ocho menos cuarto en “Somosaguas”.
-¡Siete cuarenta y cinco! ¡De la mañana!
Mi jefe acababa de poner fin sin saberlo a mi plácida noche de jueves. Me quedo pensativo en nuestra conversación, “herido” al pensar que mi superior cree que no sé distinguir las siete cuarenta y cinco de las ocho menos cuarto, aunque luego pienso que quizás ese problema es más bien suyo. Otra cosa que alcanza a descalabrar mi orgullo personal es que aún, después de tanto tiempo trabajando con él, no se sepa mi nombre. No lo soporto, conoce la alineación del Real Madrid en todas sus categorías, y no se conoce el nombre de sus ocho hombres. Sinceramente, inadmisible.
Pretendo terminar de ver la película, aunque mis pensamientos se quedaron estancados en ese eco mental que me repetía: “Las siete cuarenta y cinco”. Conocedor del madrugón y posterior día de trabajo que me esperaba, abandoné mi sesión de “home cinema” y me dispuse a acostarme.
No uso despertador como tal, aunque tampoco guardo un especial recuerdo nostálgico por mi viejo compañero de cama, el cual pasó a mejor vida cuando mi móvil asumió su cometido de avisarme cada mañana.
“A ver, menú, alarma… a las cero cinco cincuenta”. Una manía que tengo como otra cualquiera de programar siempre la alarma en números capicúa. ¿Por qué? Pues no sabría explicaros, el caso es que hacerlo de esta forma me ofrece la tranquilidad de pensar que nunca me voy a quedar dormido.
Viernes 05:50 horas
COMIENZA EL GRAN DÍA
Estaba sumergido en el cálido silencio acogedor de mi letargo, cuando me despierta la sintonía más odiada de mi aparato. ¡Nunca falla! Fiel e implacable, mi Nokia 6110 ponía el punto y final a mi descanso.
Siempre odié madrugar, así que intenté no acomodarme en exceso y comenzar el día con buen pie. Doy un salto de la cama y me dispongo a preparar mi indumentaria para el trabajo. Traje impecable del “Zara”, noventa “pavos”. Corbata “Dustyn” comprada en las rebajas, veinte pavos. Camisa blanca “de la esperanza” marca “Pierre Cardín” regalada por mi madre para mi cumpleaños, cero “chavos”. Zapatitos “Callagan” con casi un trienio, quince mil pesetas de la época. Y mis inseparables gafas de sol marca “Roy Ban” compradas a un nigeriano (hay caprichos ilegales ante los que uno no se puede contener), esas, esas sí que no tienen precio.
Una ducha reconfortante, un yogur líquido y un poco de café recalentado, me preparan para afrontar mi previsible jornada cargada de “emociones”.
Cierro la puerta de casa y comienzo un largo peregrinar hasta mi utilitario. ¡Dios! ¡Está helado! La fría noche ha ausentado cualquier forma de calor en todo mi querido Citroën Xsara.
Esperé unos minutos para que la calefacción hiciera su trabajo y convirtiese la escarcha impenetrable en agua transparente. Pero no tuve la suficiente paciencia y como pude, busqué la ayuda de un plástico con el que rompí salvajemente con trazos decisivos aquel espejo de hielo.
Superada la primera barrera, conecto a mi inseparable compañera de viaje, quien con sus primeras noticias del día y bajo la penumbra de la noche, me informa del estado colapsado de las carreteras, y en especial, la mía. Luego me dice que ha subido el “Euribor”, la gasolina, la luz y la vida misma. ¡No puedo más! Así que decido aislarme de la realidad escuchando mi artista favorito, “Héroes del silencio”.
“La decadencia está prohibida y te estruja fuerte del cuello y te hace insoportable su presencia…” Parece que Enrique había escrito aquellas palabras pensando en mí.
Tras una hora de “decadencia” consigo llegar hasta mi centro de trabajo. El consuelo me llega en forma de plaza de aparcamiento, al menos, no tengo que tirarme otra hora más buscando dónde dejar mi coche.
Ya camino del edificio principal, caigo en la cuenta de los pocos vehículos estacionados a las siete de la mañana y una rápida reflexión me bombardea el ánimo: ¡Siempre trabajamos los mismos!
Viernes, 07:15 horas
EL PERIPLO EN COMISARÍA
A pesar de que mi sueño siempre fue ser policía, he de reconocer que atravieso una etapa profesional en la que cualquier excusa me sirve para agravar mi desmotivación, así que decido intentar ser más positivo, comenzando a engañarme con un auténtico desayuno: café solo con dos azucarillos, pincho de tortilla y zumo de naranja, ¡por sólo dos euros y medio!
Satisfecha la atención de mi instinto más básico, mi siguiente decisión es resolver si subo las tres plantas andando o en ascensor. ¡Menudo problemón! Finalmente pensando en mi bienestar físico, subo los tres pisos que me separan del cuarto de “automoción”, ¡a pie!
Cumplimento el formulario preceptivo, cojo las llaves del coche, la documentación necesaria, el botiquín y un sinfín de trastos necesarios para mi trabajo y de repente alguien me grita:
-¡Tú! ¿Habéis pasado ya la revisión del inhibidor?
-No tengo ni idea. Yo que sé.
Y aquello no era una persona. Vociferando como un energúmeno me reprochaba que no se hubiera pasado la revisión del inhibidor, que una vez pinchamos una rueda y en general todos los incidentes de nuestro vehículo asignado.
Así que haciendo un buen uso de las artes taurinas, saqué mi capote a paseo y tentando al “animal” le conformé diciendo que de aquella mañana no pasaría la revisión del aparatito.
Ésta es una de las habilidades de cualquier policía que se precie, el pase de muleta con ambas manos. No obstante, nunca he sabido la categoría de aquel señor, que siempre vestía de paisano y siempre estaba echando broncas a todo el mundo. Según se cuenta, esta “leyenda urbana” de comisaría, una vez fue vista vestida de gala en el ágape del día del Patrón.
En todo caso y con todos mis respetos, este curioso “personaje” me tocó con creces la moral, aunque soy sabedor de que este tipo de rencillas se producen a diario en casi todos los puestos de trabajo, así que le doy la importancia que tiene. Nada más.
Parking “B”, plaza 27 y ahí está esperándome “nuestra segunda casa”, un Citroën C-5. Al igual que mi coche, la luneta delantera del vehículo oficial presentaba un grave estado de congelación.
Me coloco el asiento, reglo los retrovisores, arranco el coche con la intención de poner la calefacción en marcha y cuando miro el cuadro de mandos, la aguja del indicador de gasolina activa mi “mala leche”.
-¡Siempre igual! ¿Es que no saben que el coche hay que dejarlo repostado de gasolina todos los días?
El tiempo previsto para mi trayecto hasta la casa de la “VIP” se había visto seriamente perjudicado, y con toda la prisa con la que fui capaz, salí del complejo policial.
Pronto localizo una estación de servicio de “Repsol” y lleno el depósito. Lo único bueno de todo este contratiempo, la “recompensa” a mi desdicha, es pasar los puntos de mi tarjeta de fidelización.
-Mil depósitos más y tengo para un juego de maletas.
Viernes, 07:45 horas
COMIENZA EL SERVICIO
Después de todo lo narrado por fin llego al domicilio. Mi compañero Jose me espera tan tranquilito, tiene buen humor e incluso ganas de “cachondeo”.
-Llegas un poco justo de tiempo. ¿No?
-¡Tú que sabrás “pepinillo”!
Jose, tiene veintisiete años, es aficionado al boxeo, reside en la “mismísima almendra central” de Madrid, hasta tiene estudios de Derecho y todo y lleva seis meses con el cargo jurado. Vamos, como diría cierto “caimán” con el que trabajé en su día: “Más nuevo que el mañana”.
A pesar de todo, durante aquel día Jose será como mi “hermano” y mi “amigo”, y en honor a la verdad diré que nuestra relación anterior había sido buena, aunque he de decir también que hoy es su segundo día en la escolta.
Una pequeña tertulia con los compañeros de la seguridad estática amortiguan la espera. En apenas quince minutos solucionamos todos los problemas económico-policiales jamás resueltos por la Administración. Desahogados con el Ministro, ahora tocaba “destripar” a nuestro subinspector favorito.
-¿Sabéis esto? ¿Sabéis aquello? Me he enterado…
“Mic… mic… mic…” Tuvo que ser el sonido de la central de alarma quien pusiera fin a aquel tribunal de la Santa Inquisición.
Miramos por entre las persianas y adivinamos la figura de nuestra personalidad. Jose, audaz, abre la puerta a la “VIP” mientras yo pongo en marcha el vehículo. Se abren los portones del chalet y mi compañero en lugar de subirse al coche, entra nuevamente en la garita a hacer no sé qué. ¡Mal, muy mal!
Mi asombro aumenta cuando tras su regreso, empieza a contarme que se ha dejado el móvil y en definitiva a justificar su metedura de pata.
Observo al protegido a través del espejo retrovisor interior y puedo percibir su perplejidad por la situación, así que adquiero mi “estatus” de responsable de la dotación y contundentemente cierro cualquier posibilidad al diálogo con una simple e imperativa orden.
-Pon el inhibidor y comunica la salida e inicio de servicio a la central. ¡Por favor!
Conocedor de los “gustos radiofónicos” de la “VIP” dispongo el dial en el cien punto siete, Cadena Cope, ajustando el volumen a niveles no molestos.
Superado y olvidado ya el percance, me intento concentrar en mantener lo que se denomina “una conducción de seguridad”. Este término, que nada tiene que ver con la seguridad vial, hace alusión a una serie de consejos referidos al modo de conducir cuando se trata de un vehículo de escolta. Básicamente, se supone que debes de seguir una ruta preestablecida, conducir con una cierta distancia con el vehículo precedente y una serie de consejos a favor de una mayor protección.
Estamos en las cercanías de nuestro destino, el despacho de la personalidad y observo un vehículo estacionado en doble fila. Este es uno de los momentos más peligrosos de la escolta, así que intento “escanear” toda la proximidad al lugar.
A pocos metros, dos individuos jóvenes, cubiertos por sendos abrigos y con sus manos en los bolsillos, mantienen una actitud vigilante. Sus “gafas de sol” prácticamente le delatan. Aún así, disminuyo la velocidad y hago saber a Jose de la existencia de aquellos tipos, demandando su máxima atención. Unos metros más adelante y cuando detecto “las señales” de su vehículo (Citroën Xsara oscuro con antena de inhibidor), me relajo sabedor que son los del servicio de “contra-vigilancia”.
Son muchos los detalles y poco el tiempo que a veces se dispone para activar el sentido de la alerta, si bien, la experiencia y el aprendizaje continuo, son el mejor entrenamiento para adquirir habilidad en este campo.
Detengo el coche, saludo a mis compañeros de la “contra” y Jose abre la puerta a la personalidad, acompañándola casi de la mano por su costado izquierdo. Ambos se pierden en el inmueble e instantes después Jose se reúne conmigo.
Mientras estaciono el coche en la plaza reservada, mi compañero se disculpa.
-Perdona lo de antes, es que ha salido sin avisar.
-Tranquilo. ¿Has llamado dando la llegada?
-Sí.
-Si te vuelve a ocurrir, al menos cuando te subas al coche no hagas ningún comentario. En el coche debes de abstenerte de hablar salvo que sea necesario. Nunca llames con tu teléfono personal. A la “VIP” no le importa nada de nuestras vidas y mucho menos saber que nos hemos equivocado. Tienes que aprender estas cuatro cosillas. Y por cierto, camina siempre detrás de él y sobre su lado derecho. ¿Ok?
-¡Ok! perdona, es que me he puesto nervioso. Y encima los dos de la “contra”. ¿Los conocías?
-No, porque los cambian mucho, pero el coche es el mismo desde hace varios meses. Por cierto, ¿has desayunado?
-Sí.
-Pues me da igual. Te toca pagar los cafés.
Una sonrisa transparente de mi compañero ratifica su gratitud para con mis consejos de “veterano”. El resto de la charla discurrió por mi aclaración sobre las numerosas dudas profesionales que inquietaban a Jose. Una frase corta el “buen rollo”:
-Señores, son cuatro euros con veinte.
-¿Por dos cafés?
Miro a Jose con la tranquilidad que me otorgaba el saber que no sería yo quién contribuyese con aquél “atraco”, haciéndole ver que somos conocidos en la zona y que habíamos sido agraciados con un trato de favor.
-¡Pues menos mal! Que si no nos hacen “descuento” hubiera tenido que pedir una ampliación de la hipoteca para pagar dos “p…” cafés.
-A mi no me mires, yo pagué el otro día.
-¡Sí claro! En el bar de tu cuñado. ¡Qué listo!
Otra de las eternas luchas entre policías. Promociones y promociones de policías no han podido alcanzar un consenso sobre quién paga la ronda de cafés. Soy víctima de la misma situación económica que el resto de mis compañeros, pero difiero de ellos a la hora de intentar escatimar hasta un miserable café a tu colega. ¡Hay que tener un mínimo de dignidad!
Durante el “plantón” cada uno se entretiene como puede. Hay quienes recurren al teléfono para contar a sus respectivas parejas hasta el último detalle del alicatado del cuarto de baño del “Hotel Palace”. Hay quienes estudian para ascender o ser profesores de autoescuela. Y hay quienes recurren a la lectura, siempre interesante, de los diarios deportivo-culturales de tirada nacional.
Esta última opción es la que da más juego a la tediosa “inactividad”.
-Fernando Alonso va a fichar por Ferrari.
-¿Sí? ¿Y pone ahí algo de cuándo nos suben el sueldo?
-Mira que eres estúpido. No se puede hablar de nada contigo.
E inmersos en una pueril discusión, provocada en cierta medida por mi falta de interés hacía la conversación planteada por Jose, las puertas del ascensor se abren dejando ante nosotros a la “VIP” que nos mira con cara de asombro. Era evidente que nos había “pillado in fraganti”, fuera de cobertura.
Maquillamos la situación lo mejor posible y todo volvía a empezar. Nuestro trabajo es bastante repetitivo y resulta, como se diría ahora, un “dejávuè” continuado.
La “VIP” introduce en nuestra jornada otro destino poniendo fin a la permanente interrogante ¿y ahora adónde?
-A “Ifema”, por favor.
Se trataba de una dirección muy frecuentada, así que apenas tuve que procesar la nueva ruta y como si fuera un dispositivo de “GPS”, pusimos rumbo hacía el ferial. Las pautas se repiten generalmente en todos los desplazamientos, excepción hecha de grandes eventos o actos con importantes concentraciones de público.
Viernes, 14:20 horas
LA HORA DE LA COMIDA
Ambos relojes, el real y el biológico (aunque debería de llamarse gastronómico), marcaban la hora de la comida. En lo que a mí respecta, estoy bastante acostumbrado a comer a deshoras, pero Jose, o mejor dicho, su estómago, no soportan la indisciplina horaria del trabajo de escolta.
Impaciente e irascible me pregunta cuándo podremos comer. Intento ser comedido y comprensible con sus necesidades, pero no me queda más remedio que decirle la verdad.
-Comeremos cuando se pueda. Ten paciencia, además sólo son las dos y veinte.
-Ya, pero yo no he desayunado casi nada y no aguanto más. El “tío” va y se mete en una reunión y no dice “ni mu”.
-¡A ver agonías! Vete acostumbrando a esto. Él nunca te dirá nada, tiene la cabeza ocupada con sus problemas y posiblemente ni siquiera sepa cuanto tiempo tardará.
-Y como al “señorito” le pondrán un aperitivo, al escolta que le den. Un cuarto de hora, como no coma algo en un cuarto de hora, vete llamando a un “Samur”.
-¡Exagerado! El “guardia” siempre come, yo diría que nació exclusivamente para comer, bueno y beber. En todo caso, tanto gimnasio y tantas pesas y no puedes aguantarte un rato. Si es que ya no quedan policías como los de antes. Veinticuatro por veinticuatro, así se curraba en la “Bandera de Protección” y ahora trabajas un día y libras dos y encima protestando.
-Que tú estabas allí para contarlo. ¿Qué llevabais lanzas en lugar de pistolas?
Otro de los “problemas” del servicio de escolta está en su servidumbre. En otros destinos en los que he trabajado, resultaba normal, dado que estabas permanentemente en la calle, el realizar “gestiones personales”. En este trabajo tu cometido se debe y somete a la agenda profesional y vida social de otra persona, que para nada le preocupa nuestras necesidades.
Y las dudas “alimenticias” se disiparon como la niebla ante la aparición del Sol. Tanta polémica quedó solventada cuando la “VIP” resurge del “deseo” y nos manda llevarle a casa.
-Llama a los compañeros del domicilio y a la central, e informa de la llegada.
-Ciervo 111, aquí es Ciervo 1.
-Aquí es Ciervo 111.
-Entramos en urbanización. ¿Recibido?
-Roger. Sierra.
Cegados por el ansia y las ganas de irnos a comer, olvidamos recordar que las salidas y llegadas de la personalidad al domicilio, son unos de los momentos más peligrosos.
Una estimulada conciencia despierta mis sentidos, aunque al final todo transcurre “sin novedad”.
-Saldré a las seis. Gracias.
Estas palabras timbran el visado de nuestro pasaporte para ir a comer. Pero ahora la “complicación” era otra.
-¿Dónde comemos?
-Donde quieras, a mí me da igual. ¿Qué te apetece?
-Me gusta el “VIPS”.
Personalmente este restaurante no me gustaba nada en absoluto. El precio por comer es más caro que la dieta asignada, el servicio es lento y la comida no es para “tirar cohetes”. Pero tampoco estaba dispuesto a discutir con mi compañero por un asunto de este tipo, así que acepté la propuesta.
-¡Pues vámonos al “VIPS”!
Unas ensaladas “César”, unos filetes de pollo, sendos postres y unos enésimos cafés, nos renuevan las energías, tal es así, que decidimos caminar un rato antes de la vuelta al “tajo”.
Viernes, 18:00 horas
SEGUNDAS PARTES NUNCA FUERON BUENAS
Al igual que el instinto que dicen poseer ciertos animales, el escolta cuenta también con su “sexto sentido” particular. Algo no olía demasiado bien en el ambiente y todo augurio pasaba por la acera de la negatividad, en principio, sin motivo aparente.
Con la duda de los designios que nos dispondría la personalidad, lo que sí estaba claro, porque así se producía viernes tras viernes, era que la jornada no terminaría antes de las cinco o seis de la madrugada. Sólo pensar en que aún nos quedaban diez o doce horas más de trabajo, apocaba cualquier resquicio de humor.
Esperábamos la salida del protegido dentro de la garita de seguridad, con los mismos compañeros del turno de mañana. Teniendo en cuenta que el “juicio” tuvo que suspenderse por causas mayores, volvimos del receso reiniciando con ganas la fase oral, poniendo a “parir” a unos y a otros, en ocasiones con mejores o peores intenciones.
El caso es que va implícita con la vida profesional de cualquier policía, al menos eso es lo que pienso, el hecho de tener que estar permanentemente hablando mal de los demás. Desconozco si este es un factor psico-biológico (término que leí una vez en el temario de ascenso a Oficial de policía) pero lo que sí sé de buena tinta, es que pocos escapan a esta mala praxis, de la que todos son juez y parte y viceversa.
-Pues a “fulanito” yo le pedí una vez unos “Moscosos” y no me los dio y luego después fue “menganito”, pelota y arrastrado como el que más y se los firmó sin ningún problema…
El recordado sonido detiene prácticamente la misma situación. El acompasado “mic” emitido por la centralita, nos avisa de la pronta salida de la “VIP”, así que todos volvimos a nuestros puestos.
Un detalle importante, la personalidad salía de la casa a las 19:55 horas, o lo que es lo mismo, casi dos horas después de habernos citado. Otra práctica habitual de casi todos los protegidos y que suele “molestar” a cualquier escolta. Si hay que trabajar se trabaja, pero no es de recibo desgastar a las personas responsables de tu seguridad, tan gratuitamente. Dicho queda.
En una rápida ojeada me percato del cambio de indumentaria de nuestro acompañante del asiento de atrás. Vestido con ropa deportiva y llevando en sus manos un bolso porta-trajes, sus palabras terminaron de cumplimentar la primera línea de nuestro “sudoku”.
-Al gimnasio, por favor.
Y otra vez a empezar. El paréntesis de la comida y la posterior tertulia, nos había hecho casi olvidar el verdadero motivo de nuestra permanencia en el lugar.
Durante el trayecto la “VIP” realizó varias llamadas telefónicas, entre tanto, Jose hacía gestos al hilo de las conversaciones. Parecía un director de orquesta, sólo que sin “barita”. Por un momento pensé que le preguntaría directamente a nuestra personalidad, sí pretendía salir en la noche de aquel viernes.
Indiqué a mi compañero como pude, con las limitaciones que me planteaba el uso de la comunicación no verbal, de la cual nunca alardeé, para que hiciera el favor de no “retransmitir” las conferencias y que ya hablaríamos después, él y yo solos, en soledad.
Por un lado la actitud de mi binomio era digna de reproche, aunque por el otro lado de la moneda, le “justifico”. El promotor de aquel comportamiento no era otro que la falta de comunicación e información con respecto a los planes de la “VIP”. Algo muy corriente en las escoltas de “segunda división”.
El tráfico por el centro de la ciudad se encontraba en la denominada “hora punta”. Nuestro escoltado, sólo “recomendó” la posibilidad de ir algo más rápido. Mientras yo me removía en mis fueros internos, pensando que si hubiera salido a su hora no hubiéramos tenido problemas, mi compañero ya había puesto el “pirulo” y su indeciso dedo ahora había perdido toda timidez, pretendiendo activar los sistemas acústicos del vehículo.
Con todo el tacto que requiere el escenario provocado por el retraso de la “VIP”, tuve que hacerle ver que la circulación era tan densa, que el uso de los medios no nos ayudaría en nada. Y alivié el ambiente comentando “inocentemente” que el atasco apenas duraría hasta el cruce de la calle Alenza.
Pero mi verdad piadosa se convirtió en mentira cuando en la mencionada confluencia, el colapso permanecía. Ya para entonces, la “VIP” había asumido la realidad del resto de los mortales, y si pensó en algo, lo hizo en silencio.
Casi una hora después de la salida de la personalidad de su domicilio, llegamos al punto bautizado como el “setecientos diecisiete”, es decir, el gimnasio “Metropolitan”.
Al momento las simpáticas azafatas de recepción del club deportivo nos ofrecieron tomar algo, interesándose una de ellas por mi nuevo acompañante.
Presenté a mi compañero a todas y a cada una de las jóvenes, y por primera vez le vi contento y también le vi ruborizado como un adolescente. La coyuntura parecía desbordarle.
-¿Nos tratan bien aquí?
-Sí, eso es porque venimos mucho y hacemos buenas relaciones públicas.
-No está mal esto de la escolta. ¿Cómo se llama la morenita?
-¿Cuál, aquélla? Raquel, ve y dile algo. ¡Venga!
Y el “crédulo” Jose, allí que fue en busca de un nuevo número de teléfono. Ilusionado e ingenuo, se acercó a la chica e intentó flirtearla, desconocedor de que aquella flor ya había sido merodeada por más de un “insecto”.
-¡Qué cerdo eres! No me habías dicho que estaba casada.
-Los sentimientos son sordos y tú solo querías saber su nombre. De haberte contado lo que ahora ya sabes antes de ir, hubieras pensado que te estaba mintiendo.
Y con estas bromas típicas de los “malos compañeros” y gracias a la complicidad de las “picaronas recepcionistas”, las risas encubiertas disimularon la hora y cuarto que permanecimos en el lugar.
La “VIP” sale, yo guiño a las “niñas” y Jose avergonzado se despide herido en su autoestima.
Retornamos a nuestro vehículo, el cual he omitido contar que en el caso de escoltas como la nuestra, permanece solo sin vigilancia durante mucho tiempo, así que es conveniente realizar una pequeña y efectiva requisa tras su “abandono”.
Viernes, 22:20 horas
LA CENA Y EL “POSTRE”
-A la Sala “Fortuny”.
Y como un autómata el mecanismo se reactiva. Comunicado a la central, un ojeo a la guía y con las ideas claras, cogemos la ruta más corta hasta nuestro nuevo destino.
En esta oportunidad el desplazamiento fue breve y sin incidentes algunos. Llegamos al local y el escoltado se introduce en el interior sin importarle en exceso nuestra suerte.
Mi afán fue seguirle, pero cuando mi sombra artificial provocada por los focos instalados para el evento, pretendía cruzar el umbral de la puerta principal, un “Terminator” que había adoptado forma de portero, me detuvo con su mano derecha, más parecida a una raqueta de pádel que al miembro de una persona normal.
-Caballero, es una fiesta privada, si no tiene acreditación no puede entrar.
Me sorprendió que me llamara caballero y por un momento pensé que cada vez los educan mejor, aún así, yo debía hacer mi trabajo.
-¡Buenas Noches! No hay ningún problema, únicamente informarle que pertenezco a un servicio de escolta y necesito supervisar la sala.
Estando yo en plena explicación, Jose, rezagado en el tiempo y en las formas, arremetió en medio de aquel intento de conversación con un rotundo: “¡Policía!”.
Pero aún mi compañero se guardaba un “as” en la manga. Por si el brillo de la placa emblema no era suficiente para “deslumbrar” al impertérrito portero, descubriéndose parcialmente su chaqueta, deja expuesta a la vista de todos los allí presentes, las “cachas” de su recién estrenada pistola “Hk”, y sentencia:
-¡Esto, no lo llevo yo para ir por ahí a tomar copas!
Impávidas quedaron mis palabras ante la reacción de Jose, y no supe si reírme de la payasada o irme corriendo. El caso es que aquel ropero de dos por dos, accedió a nuestra solicitud, no sin antes darnos un escarmiento en forma de lección sobre las buenas costumbres y modales.
Y los problemas empezaban a echarse encima igual que la noche. Me disculpo con el “guardameta”, quien después nos cuenta en “petite comité”, que se está preparando para policía, que una vez conoció a un “Geo” o “Goe” o algo así y una retahíla de “conocimientos policiales” sorprendentes.
Calmados los ánimos por ambas partes, como si ya fuésemos amigos de toda y para toda la vida, hábilmente le escribo en un papel mi número de teléfono personal, ofreciéndole mi falsa ayuda para el tema de su oposición. Acto seguido y en pleno “clímax”, le pido que me hiciera el favor de avisarnos ante cualquier incidente que se produjese en la fiesta, por insignificante que pudiera parecerle. Y para el final de aquella serie de planteamientos encadenados, aparentemente inconexos, le digo que nos vamos a ir a cenar. Muy cerca, eso sí.
Eran más de las diez de la noche, así que el servicio de contra vigilancia ya no nos podía cubrir mediante un pequeño relevo, el tiempo mínimo necesario para ir a cenar, pero lógicamente debíamos de reponer energías.
Quizás con el “plan de actuación operativa” en la mano, que es lo más parecido a un libro de instrucciones, nuestra actuación era improcedente, pero es lo que pasa cuando quienes trabajan son personas y no máquinas. Teniendo en cuenta que el local estaba controlado, ese extremo lo habíamos sufrido en nuestra propia carne, que nuestro “aliado” nos avisaría ante el menor incidente, y que quedaba descartada la idea de que la “VIP” saliera de inmediato, nos fuimos a cenar a apenas medio kilómetro de allí.
Ya en el improvisado “avituallamiento”, Jose ironiza sobre la peripecia vivida, diciendo barbaridades como que le hubiera detenido por no sé qué delito, llegando a enumerar una increíble parrafada de tipos penales inventados, hasta que mi paciencia se declaró extinguida y dictó resolución: “Ya vale, ¿no?”.
Y como dice el refrán, “a buen entendedor pocas palabras bastan”, así que mi compañero refunfuñando entre dientes pasó página. Yo con el único ánimo de continuar en su aprendizaje, le comento con la sensibilidad propia de un padre, que aquella sólo era la primera de las muchas broncas que nos encontraríamos en el transcurrir de una jornada de viernes noche.
Buscando su “perdón”, le parodio con casi sus mismas palabras: ¡Esto, no lo llevo yo para ir por ahí a tomar cubatas!
Y en nuestra intención de olvidar, olvidamos hasta nuestra dieta de proteínas. El postre de chocolate de la carta era demasiado suculento como para no pedirlo, así que me justifiqué conmigo mismo con la idea de que trabajaría durante toda la noche.
Mientras removía el doble “azucarillo” de mi cuarto café, mi compañero no dejaba de indagarme por inquietudes acerca del servicio.
-Tengo ganas de ir a “Gabana”, ¿crees que iremos?
-Pues no tengo ni idea y posiblemente la “VIP” tampoco. Suele improvisar sobre la marcha.
No nos quedaba más remedio que “repatriarnos” nuevamente al local y allí estaba nuestro guardián. Con sumo interés nos da las últimas novedades y nos ofrece tomar algo. Sus intenciones eran claras y manifiestas, por un lado pretendía eludir el aburrimiento que le asolaba y por el otro quería escudriñar en la misteriosa y secreta vida del escolta. Su interrogatorio comenzó como una buena técnica, primero nos dijo cuanto ganaba él y acto seguido preguntó por el bruto de nuestras nóminas. Con una falsa cantidad que buscaba más la apariencia que la realidad se conformó, pero después le siguieron preguntas sobre horarios y el ineludible intercambio de “batallitas”.
-“Una vez estando yo trabajando en el concierto de “Hombres G” en el Palacio de los Deportes…”
Nuestros sentidos decidieron dejar de escuchar y hasta de oír. Nuestra atención fue eclipsada por un “ejército” de azafatas que abandonaban la fiesta dando por finalizado su trabajo. Y en detrimento de la historia de nuestro “compañero” el portero, nuestra cortesía se decidió en favor de las “animadoras”, principalmente por dos importantes cuestiones: la primera, que quizás la “VIP” saliera a continuación. Y la segunda y más influyente, que la bautizada como “la rubia”, según Jose, le había guiñado.
Ya sé que no estuve bien, pero tenía la maliciosa obligación de sembrar, regar y hasta que cosechar la duda en el rebrote de “autoaprecio” que empezaba a crecer en los adentros de mi compañero.
-Creo que ese guiño estaba claro para quién era. La conozco de otras fiestas.
-¿En serio?
-¿Tú con quién crees que vas?
Mis palabras eran tan falsas como convincentes y el “famélico” Jose dio por perdidas todas sus perspectivas. ¿Qué podía hacer? Me sentía impulsado por un ente incontrolable, la envidia, y no podía consentir que en apenas dos días trabajando como escolta, mi compañero se “distrajera” tanto de sus cometidos. Y mi sana celopatía daba paso a una terapia de choque, cuando advierto la salida definitiva de la personalidad, algo más “contenta” que de costumbre.
Sube al coche acompañado por dos amigos, Jose me interroga con su mirada y le “comunico” que pueden subir. Tras un saludo de “buenas noches”, la orden dimanante es previsible: “Al <<Rams>>”.
Las fuerzas comenzaban a notar su deterioro. Podían ser perfectamente cerca de las dos de la madrugada y para entonces llevábamos levantados unas veinte horas y lo peor es que el servicio aún no vislumbraba su final.
Llegamos en no demasiado tiempo al elitista “lounge” escuchando durante el trayecto y de la mano de los “alegres” amigos de nuestra personalidad, las peripecias acontecidas en su ánimo por conquistar a una tal Andrea. Evitamos las risas en ese momento, después no.
Se trata del típico local con decoración minimalista y público capitalista. Nunca hemos tenido problemas de seguridad en este sitio aunque el trato personal es distante. Mi sensación es que cuando vamos quebrantamos la hilaridad de la “high society”, o como diría un veterano que yo me sé: “Vamos, que le cortamos el rollito a los pijos”.
Luchamos por hacernos hueco en una de las pulidas barras de mármol travertino sembrada por candelabros con velas de color rojo, que junto con la chimenea, creaban un ambiente acogedor. Pedimos dos refrescos ante la sorpresa del “barman” que no entendía mucho nuestra presencia en aquel lugar refinado, y mucho menos, que osáramos pedir un refresco al mismísimo “Rey de los cócteles”.
Como el cliente es quien manda, aunque no tenga apariencia ni “pasta”, en nuestro caso, el camarero nos sirvió y pidió el importe de las consumiciones.
Pagamos sin el recelo de saber que no eran nuestros bolsillos las víctimas de aquella “estafa”, pero la contrariedad se convirtió en nuestra cuando al pedirle que nos emitiera un ticket o factura, el susodicho empleado manifestó tener estropeada la impresora.
“Removimos Roma con Santiago” hasta poder conseguir un facsímil de lo que debía haber sido el ticket que justificase nuestro gasto. Y con la calma que nos confería tener el importantísimo documento en nuestro poder, brindamos por el éxito en nuestras gestiones.
Apenas saboreo el refresco que contenía aquel caro vaso de diseño y lo deposito en el mostrador con su contenido intacto. Le digo a Jose que nos vamos señalándole a la “VIP” que estaba poniéndose el abrigo y se disponía a largarse. Pero mi cándido compañero renegaba en su sorpresa.
-Espera, si esto lo tengo entero.
-Y entero se va a quedar. Venga que ya sale.
Y Jose en un derroche por no “derrochar”, inclinó su “cáliz” y como pudo se bebió hasta la última gota de su “Coca Cola”. Luego “soltó aire en estado gaseoso” y me siguió orgulloso de su hazaña.
En mi formación “continuada” como policía, siempre estudié las leyes más importantes: la Constitución Española, la Ley Orgánica de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, hasta la ley del más fuerte. Ningún responsable de mi preparación técnico policial, ¡nadie!, me preparó para enfrentarme a la peor de todas las leyes: la conocida como “Ley de Murphy”. Una malnacida ley, errónea desde su concepción, ya que este “imperfecto” precepto debería haberse apellidado con mi nombre.
-A “Pacha”.
Y el “vía crucis” nocturno avanzaba hasta la próxima estación de penitencia. Nuestro coche había ido tantas veces hasta la Plaza de Barceló, que yo creo que ya circulaba solo. ¡Ríanse lectores del piloto automático de los aviones!
Para los profanos en la “noche madrileña”, decirles que “Pacha” es un icono de las discotecas. Con un aforo de miles de personas, varias plantas, aparcamiento inexistente y todos los candidatos a “Míster Olympia” del mundo trabajando como porteros.
Perdonen hipotéticos lectores si aún están ahí, que mi relato se vaya degradando al mismo ritmo que lo hacen mis energías en el transcurso del servicio que intento contarles. Pero queridos y necesarios amigos, intento ser fiel a las condiciones reales que acompañan y “gualdaespardan” el trabajo de un escolta.
Indico a Jose que se vaya con el protegido y sus amigos entre tanto yo aparco. Mi compañero no duda ni un momento de mis instrucciones y se pierde entre la multitud.
Mi misión era dejar el coche oficial en un sitio controlado, que no me lo “encerrasen” y no demasiado alejado. Casi nada.
Tres vueltas de reconocimiento con resultados infructuosos. Y en mi calvario particular unas luces parecen alumbrarme. Distingo a unos metros unos intermitentes pidiéndoles paso al caos y me lanzo como un camicace hacia el hueco.
Me felicito a mí mismo por lo “bueno” que soy y comienzo las maniobras de estacionamiento. El espacio es “justito” para nuestro coche, pero aquel golpe de suerte no había que despreciarlo. La luz blanca de la marcha atrás anunciaba el “camino” hacia la gloria, pero de repente, una “mano” golpea contundentemente el capó del coche.
Recorro visualmente aquella “manaza” buscando su propietario que estaba unos metros detrás. ¡Sí! No les exagero. Aunque parezca mentira, descubrí en pleno siglo XXI al auténtico eslabón perdido: “El Matón de Neanderthal”. Si Darwin viviera para verlo, sinceramente se sorprendería.
Me está aullando algo. Bajo pacientemente mi ventanilla y anulando el ruido de la muchedumbre, un irreconocible pero sí comprensible grito en “hispano-rumano”, me viene a decir algo así como: “¡Largo de aquí!”
Identificarse como policía en ese momento era algo poco recomendable. La capacidad de raciocinio de aquella “mole” sería incapaz de diferenciar una placa de un plátano. Así que ante el evidente “subidón” de adrenalina, la ausencia de modales, y las dotes físicas de mi interlocutor, respiré profundamente y conté hasta tres.
-¡Tres! (Nunca se me dieron bien las matemáticas) Es un vehículo de policía, así que cuídalo convenientemente.
Dejando “por olvido” el inhibidor puesto, para fastidiar un poco con la elegancia que caracteriza al “guardia” la labor del aparcacoches, cierro el auto y me encamino hacia la entrada. Mis escuetas palabras así como mi pacifista indiferencia, dejaron al apocado “gorila” ensimismado en mi acción.
Mi “victoria” a la larga resultaría ser efímera. Pero sin adelantar acontecimientos, sólo he de decir que un policía no puede ir por ahí peleándose con todo aquel que le lleva la contraria. Estamos para solucionar problemas, no para crearlos. Bueno, no sé.
Primer objetivo, cumplido. Segundo objetivo, conseguir entrar en la discoteca y reunirme con mi binomio.
Me dirijo a la puerta “VIP”, por la que sólo pueden acceder los “frikis” de los programas de televisión, traficantes de placeres y todo este tipo de gente. ¿Yo qué tenía de menos?
Busco con la mirada al jefe de sala, quien estoy seguro que se sabe hasta mi nombre, pero testigo de mi percance con el “aparca”, me dice que no puedo pasar. Ante el repentino episodio de amnesia de éste, inducido claro está por su aversión a todo policía, mis recursos son limitados.
Indago en el “vademécum policial” el antídoto para su voluntario olvido, y el medicamento prescrito para la pérdida de memoria voluntaria, es insistir lo suficiente hasta que el sujeto tropiece en su cerebro con una imagen nítida del dicente, la relacione y recuerde que es escolta de alguien que se gasta mucho dinero en su local.
-¡Buenas noches! Soy escolta de “fulanito”, que ha pasado hace un rato. Venimos unas quince veces al mes.
El poder de esta persona es inmenso. Serio como si estuviese decidiendo el porvenir del mundo, analiza mi mensaje, lo descodifica y permanece impávido en su papel.
Como la situación se convierte en un pulso de a ver quién puede más, contraataco.
-Si tienes alguna duda sobre lo que te digo, pido unos indicativos de policía municipal y ya de paso vemos como anda el tema de licencias y esas cosas.
Es curioso. Tengo que rozar la amenaza para que el oxígeno vuelva a regar la zona de cerebro afectada por su padecimiento. Me abre la sagrada cadenita para la sorpresa de los expectantes clientes que aguardaban su minuto de gloria y para colmo, me ofrece una invitación, la cual hace extensible a mi compañero.
Aunque nadie pidió nada, la dádiva fue entregada y recibida con el desagrado propio del compromiso. En mi “papel” de escolta educado, doy las gracias por el “detalle” que después donaría a las dos primeras chicas “normales” que encontré.
Jose olvidó anteriormente llevarse el teléfono oficial, pero para eso estaba yo pendiente. Hasta aquí algo pasadero y admisible. Lo saco de mi bolsillo y cuando intento buscar en la agenda el número de la central, un pitido anuncia el agotamiento de la batería. Compruebo el terminal inmerso en la incredulidad, pero por más que apretaba el botón del “on/off” la pantalla no se encendía.
-¡No puede ser!
El móvil tras veinte horas de servicio, dijo que ya no trabajaba más.
Las dudas me abordan. ¿Dónde estarán? ¿Ahora cómo llamo?, no tengo saldo en mi móvil. Pienso deprisa y caigo en la cuenta del equipo de transmisiones, claro que el “esquema de la comunicación” está inconcluso porque mi compañero no tiene equipo.
-¡Central! Soy “Ciervo Uno”. Nos hemos quedado sin batería en el móvil.
Adiós a los protocolos en las comunicaciones. Estaba yo como para plantear mensajes encriptados. También la discreción brillaba por su ausencia. En pleno vestíbulo de “Pacha” me encontraba pidiendo a voces un auxilio “técnico”.
-No te oigo bien compañero. Salte de ahí y repite el comunicado.
-¿Qué me salga fuera? ¡Qué cachondo! A ver repito, soy “Ciervo Uno”, estamos en “Pacha” pero nos hemos quedado sin batería, así que llama a mi compañero Jose a su móvil particular y le dices que le espero junto al guardarropa.
-¿Te sabes el teléfono de tu compañero?
-Pues no me lo sé de memoria. Búscalo en la base de datos.
- ¿Cómo se apellida?
-El primer apellido es Viejo, pero el segundo no lo sé. Lleva sólo dos días conmigo.
¿Patético? ¡No! Yo diría que desesperante, sobre todo porque no hemos terminado la jornada y como encima pase algo, querrán echarme la culpa de que la batería del móvil no aguante.
Y en mitad de mis maldiciones y pensamientos nada buenos, Jose me toca en el hombro todo emocionado y me dice:
-Menudo ambientazo hay.
No hizo falta que le contestase. Mi cara era como el titular de la portada de un periódico sensacionalista, letras grandes y frases fáciles para que todo el mundo lo entienda.
Sabedor de que la culpa de lo sucedido no era en ningún caso reprochable a mi compañero, me calmé y esbocé una forzada sonrisa.
-¿Dónde está?
-Arriba en el “Cielo”.
-Querrás decir el “Averno”.
-¿Y no es lo mismo?
-No, no es lo mismo pero me da lo mismo. Tenemos que estar aquí de todas las maneras. Por cierto, antes de que se me olvide, no tenemos móvil oficial y el equipo “Sirdee” aquí tiene mala cobertura, así que te toca usar tu móvil personal en pro de la causa.
-¿Y por qué el mío?
-Pues porque yo no tengo saldo. Ya lo hablamos con los jefes y que te paguen algo.
No quedó muy convencido, aunque su negativa inicial se rindió ante la necesidad. En el fondo pensaba que su acción iba a ser recompensada de alguna forma. Yo sabía que no.
Distábamos tan poco de los “querubines” del “Cielo”, ese paraíso reservado sólo para los elegidos, que el mismísimo “Caronte” fingiendo ser “San Pedro” , nos permitió el acceso. Dante y nuestra “Divina Comedia” habían diseñado en la imaginación de las cinco de la mañana, el conocido como “bosque de los suicidas”, que una vez tras otra acudían en busca de su expiación a los aseos del sitio, volviendo como poseídos ante su esnifado “perdón”.
-¿Ese no es “fulanito”?
-Sí, ¿por?
-Yo habría jurado que ese no…
Jose se mostraba “a gusto” rodeado por aquellas “almas famosas”. Sorprendido por “ver” lo que estaba viendo y aunque no lo dijera, convencido de que formaba parte de la escena. En cambio, yo ya estaba tan acostumbrado que no despertaba mi atención prácticamente nadie, ni nada. ¡Qué efímera es la ilusión!
Localizamos al protegido y ante la calma, decidimos tomar algo. Mi compañero pensaba que como anteriormente nos tuvimos que dejar las consumiciones enteras, seguía teniendo sed. Yo en mis adentros buscaba un golpe de “mala suerte” y que la “VIP” se marchase, aún teniendo que dejar las bebidas sobre cualquier mesa y salir “huyendo” a la carrera.
-Dos “coca colas light”, por favor.
-Vale igual un refresco que una copa.
-Sí, no hay problema.
-Son veintiocho euros, tienen que abonarme por adelantado.
Pagamos la cantidad convenida a la “malpensada” camarera, quien sobre el platillo del cambio nos deposita un lustroso comprobante. Las cosas parecen normalizarse.
-Verás mi amiga Juani cuando le cuente que he estado con “este”, que estaba besándose con “esta”, quien a su vez estaba con “aquel” cuando “este” se iba al baño.
-¡Dos cosas! Primero, tú no estás con nadie más que conmigo. ¿Juani sabe quién soy?
-No.
-Por lo tanto no le va a emocionar mucho tu historia. Segundo, tienes que aprender en este trabajo a ser discreto. Nadie te creerá nunca lo que le cuentes y además, no ganas nada con ello. Solo problemas.
-Hombre, mis amigos saben que no miento.
-Te cuento como funciona esto. Tu le cuentas a tus amigos, tus amigos a sus amigos y al final, todo se desvirtúa de tal forma, que aunque lo que tu contaste como verdad, los demás habrán conseguido que parezca mentira. Entonces, ¿te merece la pena?
-¡Joder “tío” como eres! Estás “cabreado” porque son las tantas y todo te parece mal.
-Rebobino. ¡Dos cosas! Una, como dicen los futbolistas, “lo que pasa en el campo, se queda en el campo” y dos, deja el móvil quietecito que te estoy leyendo las intenciones.
Mi regañina no sentó bien a Jose, que convirtió un consejo en un tema personal. Yo únicamente pretendía explicarle las normas del juego en mitad del sueño de cualquier “paparazzi”, sólo que nosotros estábamos allí para un cometido totalmente distinto.
La manecilla pequeña del reloj alcanzaba en caída libre la hora sexta. La música, por llamarla de alguna manera, involucionó hacia un silencio acompasado por jactanciosas reclamaciones y demandas de nuevos estruendos musicales inundados en más alcohol.
Luces blancas invitaban a la gente a marcharse y traicioneramente devolvían la sinceridad a los rostros de las “bellezas”, que ya no lo parecían tanto.
Conocedor del principio del fin, pienso que el único feliz por el inminente cierre, era yo. Hasta Jose creo que se encontraba en su “salsa” y no quería irse. Le prevengo y advierto de que estuviera atento, pues siguiendo el aleccionamiento de mis experiencias anteriores, nos encontrábamos en el peor momento de la noche.
Nuestro escoltado nos busca con evidentes síntomas de cansancio y hartazgo. Su mirada nos “ordena” bajar hacía la calle.
Como dirían unos humoristas sevillanos, “la plaza estaba abarrotá”. Me parece, bueno no me parece, afirmo, que los únicos abstemios de todos los allí presentes éramos nosotros, los empleados de la discoteca y los taxistas, que en “vuelos circulares” merodeaban como buitres al acecho de su próxima “comida”.
Señalo a la personalidad la ubicación del coche, pero él ni me mira, prefiere la compañía y “protección” de un coro de amigos. Fundidos en pasionales abrazos, las “dipsomaníacas” despedidas se prolongaban en una interminable verborrea digna de cualquier “diálogo de besugos”.
-¿Por qué no se va?
-¿Has visto alguna vez algún borracho que razone?
Era mi primer comentario despectivo hacia nuestro protegido que le hacía a mi compañero, lo cual evidenciaba la merma de mi profesionalidad.
Y como una estrella fugaz, un vaso de tubo vuela por encima de nuestra posición. La “VIP” continuaba concentrado en sus demostraciones de amistad, cuando es interrumpida en su felicidad por mi comentario.
-Creo que deberíamos de irnos. La cosa se está poniendo fea.
-¿Qué pasa?
-Están empezando a tirar botellas.
El desprecio que mostró hacía nosotros y también hacia nuestro aviso, removió mis “tripas” y exploté para sorpresa de Jose.
-¡Otra vez lo de siempre! ¿Qué coj**** pintamos aquí? Pues no va y se pone exquisito. Anda y “que le den por el culo”.
Me encamino en solitario hacia el coche y la “obligación” vuelve a rescatarme. Ya sé que los lamentos no solucionan los problemas ni las quemazones y también sé que después de un vaso por los aires, viene una pelea de masas.
Pido el móvil a mi compañero y marco el “112” con el propósito preventivo de pedir indicativos de apoyo de todos los “colores”.
-Uno uno dos, dígame.
-¡Buenas noches! Le cuento, somos un servicio de escolta y estamos en la discoteca “Pacha”. Hay una pelea, así que mande unos “zetas” y una ambulancia.
Mi media mentira buscaba la celeridad de los refuerzos. Aunque mi descripción no se ajustaba a la verdad en tiempo real, estaba seguro de que mi premonición no se equivocaba.
-Dicen que son policías. ¿De qué personalidad?
-Ese dato no viene a cuento ahora. Limítese a mandarnos unos radiopatrullas y un “Samur” y después emitiremos un informe.
-Sí caballero, pero debo rellenar un formulario para darle trámite a la llamada.
-Señorita, insisto, mande los medios y después le cuento mi vida si quiere.
-¿Dónde está la discoteca esa?
-¡Plaza de Barceló! ¡Discoteca “Pacha”! ¡La “Pacha” de toda la vida!
-Caballero cálmese.
Termino la tediosa conversación y paso a comunicar los mismos extremos a la emisora central a través del “poket”.
-Central recibido, mando indicativos.
Para Jose era evidente mi preocupación, sin embargo como buen escolta, permanecía junto a la “VIP”, sin duda alguna expectante ante lo que sería su primera “pelea” tumultuaria.
Como predecían mis agoreros presagios, la batalla campal no la evitaba ni Dios. Todo el mundo corría de un lado para el otro en mitad de aquel desconcierto. Frágiles gritos femeninos buscaban el auxilio en medio de la masa. Como cada uno podía, intentaba cobijarse de la lluvia de objetos, corriendo por el asfalto húmedo cubierto por fragmentos de cristales rotos.
La personalidad comienza a ser consciente del peligro y ahora no se retira de nuestro lado. ¡Qué curioso!
-¿Qué es lo que pasa?
Le contesté con malos modales, que aunque no fueron quizás los correctos, no encontraron el remordimiento ni la culpa en mí. Todo aquello podía haberse evitado.
No sin complicaciones conseguimos subirnos al vehículo oficial, iluminados por el reflejo azul de los destellos y tranquilizados por el ruido de las sirenas de los policías que acudían en nuestra ayuda. Mientras, el teléfono de Jose no dejaba de sonar.
-¿Lo cojo?
Pobre Jose. Ese mismo día le había ordenado que bajo ningún concepto cogiera el móvil cuando la personalidad estuviese dentro del coche. Ahora, en pleno “estado de sitio” abolía la norma y le decía todo lo contrario.
-¡Claro! ¡Cógelo!
Como ya no sabía lo que era correcto y lo que no, me entregó su móvil y de paso me contagió su temblor de manos.
-¿Sí?
-Soy el Inspector Herce de la central, ¿qué está pasando?
-Estamos intentando salir de una riña que hay a la salida de “Pacha”. La “VIP” está bien, pero ahora no puedo hablar, después le llamo.
-¿Cómo que no puede hablar?
-Estamos en mitad de un “follón” enorme. Lo prioritario es salir de aquí.
-Pues quiero una minuta encima de mi mesa mañana a primera hora. ¿Cómo se llama usted?
Como dijo Federico Trillo en su etapa de Presidente del Congreso de los Diputados, “¡Manda huevos!”. Estamos “lidiando” un toro de quinientos kilos, sin más cuadrilla que nosotros mismos, y lo único que preocupa a mi jefe es tener un informe encima de su mesa para “mañana a primera hora”, es decir, dentro de un rato. Un detalle importante, es sábado, así que el demandado parte no será leído, examinado y cuestionado hasta el lunes después del desayuno.
-¡Gracias jefe por preguntar por nosotros! ¡Estamos bien!
Puedo hacer un esfuerzo por comprender la somnolienta reacción de mi superior y he de decir que no tengo nada en su contra, pero tampoco nada en su favor.
Mi binomio pone en marcha el motor y hace lo que puede para salir del barullo. Con la improvisada huída, no caímos en la cuenta de revisar el coche, algo normal dadas las circunstancias.
El caso es que cuando conseguimos alejarnos de aquella pesadilla, fue cuando notamos algo extraño en el funcionamiento del vehículo.
-¡El “******” del aparcacoches!
-¿Cómo?
-Nos ha desinflado una rueda. Te apuesto lo que quieras que el rumano ese nos ha jodido el coche.
El sonido era reconocible al “ciento veinte por cierto”. Busco en el asiento trasero del vehículo a nuestra “VIP” para informarle de la situación y para mi sorpresa, ¡no estaba allí!
Mis orígenes andaluces me han hecho exagerar. Estar, sí que estaba, pero solo a efectos estadísticos. Profundos ronquidos sumían en la más absoluta de las paces a nuestra personalidad. Mientras nuestros corazones rozaban la peligrosa línea de las ciento ochenta pulsaciones, la “VIP” dormía en su ebria felicidad como si nada hubiera pasado.
Ahora mi ansiedad y nerviosismo habían degenerado en una risa incontrolable cercana a la enajenación. Algo así como Jack Nicholson en la película “Resplandor”.
Nos dispusimos a cambiar la rueda con la coordinación de un equipo de mecánicos de la Fórmula Uno. Yo ejercía las labores de jefe de mecánica y pasaba lista a los útiles necesarios.
-Gato.
-¡Aquí!
-Rueda de repuesto.
-¡Sí!
-Llave fija.
-Toma.
Por tener, teníamos hasta guantes, chalecos reflectantes y triángulos de señalización. No sé por qué pensé en aquel momento en mis colegas de automoción. Sentía remordimientos por mi percance en la mañana del día de autos y me prometí a mí mismo felicitar a mis compañeros mecánicos por su trabajo bien hecho.
Y así entre broncos resuellos de nuestro escoltado, llamadas reiteradas de teléfono de uno y otro sitio, demandando información actualizada de todo lo acaecido, cambiamos la rueda en el benemérito espacio de cinco minutos.
-“Ciervo uno” informe con el número de actividad 110572. ¿Recibido?
-Recibido “110572”, gracias.
Compartir los momentos descritos, respirar el mismo aire de contratiempos, enmendar las mismas heridas y adversidades, forjaban una relación con cualquiera de mis camaradas de trabajo, que evoluciona autónomamente desde la mera coyuntura laboral hacía una amistad, en muchos casos, perdurable para toda la vida.
Contagiados por el incomprensible entusiasmo, bromeábamos sobre quién acostaría a nuestro escoltado y cosas de ese estilo. Y así, bajo el abrigo de la autocomplacencia, Jose y yo, olvidamos el frío, el sueño, el cansancio y ambos nos dimos cuenta de la importancia de tener un buen compañero.
Llegamos al domicilio de la personalidad y con todo el tacto requerido e imprescindible en estos casos, “despertamos” a la “bella durmiente” indicándole que se encontraba en casa, con una considerable trompa, pero sano y salvo.
Un intento de mueca, interpretable como una sonrisa, agradecía a su manera nuestras veinticuatro horas compartidas. En el fondo, imagino que él era consciente de nuestro cometido bien ejecutado.
-Para mañana, ya llamaré.
Con el “pájaro” en el “nido”, la jornada se daba prácticamente por finalizada. El policía encargado de la seguridad estática del domicilio, que acababa de empezar su turno de trabajo, demandaba una conversación que no encontró. Era lógico, ya estaba bien por hoy y por “ayer”.
Acompaño a Jose hasta su coche, llamamos a la central comunicando la finalización del servicio “sin novedad”, terminamos de cumplimentar el parte de trabajo y nos dimos un abrazo de esos que unen el cuerpo y también el alma.
Sin duda alguna nos depararían muchos días como el vivido, con la tranquilidad que ofrece el saber que se está bien acompañado.
-¿Qué pasa con la minuta de la pelea?
-Tu tranquilo, ya la hago hoy en casa. Total, si hasta del lunes no la va a leer nadie, contando que alguien la lea. Al final como todo ha quedado en nada, seguro que ha perdido su interés.
Emprendo camino hacia la comisaría riéndome en solitario de las situaciones tan surrealistas que habíamos experimentado.
Ya en el complejo policial, estaciono el coche en el único hueco existente, devuelvo el material y encajo con educación los comentarios de todo aquél que me había encontrado el día antes, más o menos, a la misma hora y en el mismo sitio.
Camino por el aparcamiento para funcionarios, que se mostraba tan desierto como lo abandoné, intentando recordar dónde había dejado mi coche. Tardé en reaccionar y relacionar. Lo sé, acabaré teniendo que anotar la plaza. ¿No es algo increíble?
Sábado, 08:00 horas
AL FÍN EL FÍN
Los asientos con la tapicería helada, me sitúan e incomodan en otra realidad. Enciendo la radio, pulso el “play” y Enrique Bunbury presenta a los suyos en directo en el transcurso de la reseleccionada canción “La Decadencia”, mi tema preferido.
A golpe de gritos descontrolados, recorro el trayecto hasta mi casa sin encontrar atascos, algo lógico, era sábado por la mañana. Un golpe de fortuna con otro de desdicha se compensa, así que no encuentro ni una sola plaza de aparcamiento en mi barrio. Adusto por el contratiempo, me lanzo a la aventura de dejarlo en un “carga y descarga”.
Mi vecino, con el “Marca” recién hecho bajo el brazo, me abre el portal y me da los buenos días como sólo él sabe hacerlo.
-¡Qué bien te lo montas! Aquí viene el tío de “juerga” con su trajecito, claro como paga el “estao”. ¡Vamos que vives como un marqués!
Le sigo la corriente esperando que sea el ascensor quien ponga fin a la “guinda” del pastel. Mi llave abre la puerta y mi casa parece hasta alegrarse por mi llegada. Bueno, creo que fue al revés.
Me ducho para quitarme el olor a tabaco y templar mi cuerpo, tomo un yogurt, apago el móvil, bajo las persianas y me meto en la cama.
Los cafés y las bebidas energéticas me impiden dormir inicialmente, los primeros dos minutos, pero después hallo la equidad entre la conveniencia y la necesidad, durmiendo en la satisfacción personal y profesional de saberme buen escolta.
Sí amigos lectores, escolta, ese misterioso “personaje” que siempre cuida otras vidas, “oculto” detrás de unas “GAFAS DE SOL”.




