
- Unido
- 15 Feb 2010
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Me he intentado imaginar mi futuro. Después de escribir esto, ¿alguien puede negarme que lo mío es vocación? Espero opiniones y aportaciones.
Cada día un poco más experta en la escuela de la vida.
Cada día la misma pregunta al espejo antes de ir a trabajar:¿qué me espera hoy?
Son ya muchos los años que llevo como Policía, y cada día me pongo el uniforme con la misma ilusión y actúo con la misma dedicación y ganas que el primero.
A veces recuerdo aquellos duros años cuando sólo era una opositora. Me acuerdo de esa energía interna y esa fe ciega en la meta que me hacía estudiar a pesar del sueño, el agotamiento o la incertidumbre del examen, y me empujaba a entrenar aunque tuviera fiebre o estuviera nevando. Esa tensión y ese miedo a la lesión, esa ansiedad previa a la entrevista.
Ahora todo aquello ya quedó atrás, y puedo decir que mereció la pena. El premio de estudiar en Ávila, conocer a mis compañeros, con los que no sólo comparto fatigas sino ideas y sentimientos, el referente de mis superiores que nos instan a superarnos continuamente, todo supera con creces aquel tiempo pasado. Hoy estoy convencida de que no hay un sitio donde pudiera encajar mejor.
Este trabajo me exige siempre el máximo, estar siempre alerta, preparada, dispuesta. La sorpresa es mi rutina, la calle mi mejor maestra. Saber que no podré cambiar el mundo, pero que al menos aporto mi granito para que esta sociedad sea un poco más justa, algo menos corrupta.
Me he enfrentado a situaciones muy difíciles y muy duras, y aun así he seguido manteniendo la compostura, y jamás he dudado de si elegí bien mi profesión. No sólo he de recibir continua formación y mantenerme en forma, sino también he de alimentar esa coraza que parecemos tener todos los Policías que nos hace permanecer inmunes ante el dolor y la desesperación de los demás; nosotros no podemos dejarnos llevar por las emociones, pues nuestro deber es permanecer firmes para calmar y consolar en la medida de lo posible a las víctimas, o incluso también a los delincuentes.
Enfrentarme a la realidad más dura de la sociedad me ha hecho crecer interiormente; me he dado cuenta de lo que realmente implica ser Policía, la responsabilidad que tenemos, la decisión con la que hemos de actuar a pesar del riesgo, la imagen que hemos de dar en todo momento. Ser Policía es ya una condición inherente a mí, un título por el que he luchado y que ya nunca perderé, que me acompaña siempre, da igual el momento, da igual el lugar.
Soy Policía, mi labor es proporcionar seguridad y hacer respetar la ley. Yo lucho para defender los derechos y libertades de los ciudadanos, para que puedan hacer uso de ellos como se merecen, para que puedan vivir seguros y tranquilos en la sociedad.
No siempre soy bien recibida; he recibido insultos y amenazas incluso de aquellas personas a las que protegía. Muchos me odian con sólo ver mi uniforme. Pero yo estoy muy orgullosa de mi profesión, y ya sabía que esto formaba parte de ella.
Cada vez que alguien me da las gracias por prestarle ayuda, o veo una simple mirada de alivio al solucionar un conflicto, mi amor por este trabajo se reafirma, mi orgullo por vestir este uniforme crece.
No negaré que haya tenido alguna crisis; también soy humana. Me he enfrentado cara a cara con la muerte y he sostenido a compañeros heridos en mis brazos; pero en estos momentos tan críticos es cuando la vocación sale a flote, cuando realmente descubres que puedes sacar fuerzas incluso cuando crees que las has perdido todas, y volver un día más, con la mente aun más fuerte, a esa calle que tanto te enseña y tanto te puede quitar.
No somos héroes, tan sólo personas concienciadas con la sociedad que han decidido dedicar su vida a hacer que cada día esté un poco más ordenada, que sea algo más segura.
Cada día un poco más experta en la escuela de la vida.
Cada día la misma pregunta al espejo antes de ir a trabajar:¿qué me espera hoy?
Son ya muchos los años que llevo como Policía, y cada día me pongo el uniforme con la misma ilusión y actúo con la misma dedicación y ganas que el primero.
A veces recuerdo aquellos duros años cuando sólo era una opositora. Me acuerdo de esa energía interna y esa fe ciega en la meta que me hacía estudiar a pesar del sueño, el agotamiento o la incertidumbre del examen, y me empujaba a entrenar aunque tuviera fiebre o estuviera nevando. Esa tensión y ese miedo a la lesión, esa ansiedad previa a la entrevista.
Ahora todo aquello ya quedó atrás, y puedo decir que mereció la pena. El premio de estudiar en Ávila, conocer a mis compañeros, con los que no sólo comparto fatigas sino ideas y sentimientos, el referente de mis superiores que nos instan a superarnos continuamente, todo supera con creces aquel tiempo pasado. Hoy estoy convencida de que no hay un sitio donde pudiera encajar mejor.
Este trabajo me exige siempre el máximo, estar siempre alerta, preparada, dispuesta. La sorpresa es mi rutina, la calle mi mejor maestra. Saber que no podré cambiar el mundo, pero que al menos aporto mi granito para que esta sociedad sea un poco más justa, algo menos corrupta.
Me he enfrentado a situaciones muy difíciles y muy duras, y aun así he seguido manteniendo la compostura, y jamás he dudado de si elegí bien mi profesión. No sólo he de recibir continua formación y mantenerme en forma, sino también he de alimentar esa coraza que parecemos tener todos los Policías que nos hace permanecer inmunes ante el dolor y la desesperación de los demás; nosotros no podemos dejarnos llevar por las emociones, pues nuestro deber es permanecer firmes para calmar y consolar en la medida de lo posible a las víctimas, o incluso también a los delincuentes.
Enfrentarme a la realidad más dura de la sociedad me ha hecho crecer interiormente; me he dado cuenta de lo que realmente implica ser Policía, la responsabilidad que tenemos, la decisión con la que hemos de actuar a pesar del riesgo, la imagen que hemos de dar en todo momento. Ser Policía es ya una condición inherente a mí, un título por el que he luchado y que ya nunca perderé, que me acompaña siempre, da igual el momento, da igual el lugar.
Soy Policía, mi labor es proporcionar seguridad y hacer respetar la ley. Yo lucho para defender los derechos y libertades de los ciudadanos, para que puedan hacer uso de ellos como se merecen, para que puedan vivir seguros y tranquilos en la sociedad.
No siempre soy bien recibida; he recibido insultos y amenazas incluso de aquellas personas a las que protegía. Muchos me odian con sólo ver mi uniforme. Pero yo estoy muy orgullosa de mi profesión, y ya sabía que esto formaba parte de ella.
Cada vez que alguien me da las gracias por prestarle ayuda, o veo una simple mirada de alivio al solucionar un conflicto, mi amor por este trabajo se reafirma, mi orgullo por vestir este uniforme crece.
No negaré que haya tenido alguna crisis; también soy humana. Me he enfrentado cara a cara con la muerte y he sostenido a compañeros heridos en mis brazos; pero en estos momentos tan críticos es cuando la vocación sale a flote, cuando realmente descubres que puedes sacar fuerzas incluso cuando crees que las has perdido todas, y volver un día más, con la mente aun más fuerte, a esa calle que tanto te enseña y tanto te puede quitar.
No somos héroes, tan sólo personas concienciadas con la sociedad que han decidido dedicar su vida a hacer que cada día esté un poco más ordenada, que sea algo más segura.
