Crimen en Cuenca: Una fosa al final del camino

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Hay topónimos que encierran en su sonoridad un paisaje. Barranco de la Rambla. Da igual no conocerlo. La reiteración de la letra erre dibuja en la boca una tierra áspera, abrupta. Erre, erre. Bella, pero áspera. Junto al poste que indica la dirección del GR 66 que lleva al Barranco de la Rambla, a las afueras de Palomera, hay una bifurcación, casi un camino de cabras, que conduce al nacimiento del río Huécar. Allí aparecieron Laura del Hoyo y Marina Okarynska, las víctimas del doble crimen de Cuenca.

La relativa rapidez con que se hizo el macabro descubrimiento, a los ocho días de la desaparición, hizo creer que Sergio Morate Garcés, a quien su propia familia ya ha condenado por los asesinatos, había ocultado los cuerpos a la ligera. No. Hasta Istvan Horvath cree que era impensable imaginarse a alguien enterrado allí. Este ciudadano rumano, que dio cobijo en su país al español (véase el recuadro), asegura que su huésped se lo confesó todo, pero no lo creyó porque le dijo que las había enterrado en la Palomera. «¿Qué dices? Ahí no cabe ni una aguja, es puro monte».

El camino baja hacia la poza entre pedregales y ramas. Puro monte a un lado y otro que obliga a ralentizar la marcha y araña los laterales de los vehículos. Dos todoterreno inician el descenso. Un Nissan Patrol de la Guardia Civil y el coche de los periodistas. Ni unos ni otros tendrían que estar aquí. «Nosotros ya no pintamos nada», reconocen los dos agentes. No han venido a mantener acordonada la zona, como temían los periodistas. ¿Y ellos? ¿Por qué han venido ellos?

Al final hay un pequeño llano, invisible a quienes hayan tomado el otro camino, el del Barranco de la Rambla. El rumor del río, las plantas acuáticas, el suave sonido de lluvia que el viento arranca a las hojas de los chopos. «¿Fue aquí?», preguntan los periodistas. «No sabemos», responden los guardias. La intención natural, casi instintiva, es seguir el curso del río. Pero nada. La zona ha sido mil veces trillada. Entre los brezales, las zarzas y los hierbajos se han abierto muchas veredas a fuerza de pisadas. Los cuatro compañeros accidentales rehacen el camino y vuelven a la poza. Buscan por otra zona, más abrupta. Treinta pasos y aparece la primera prueba. Tierra con señales de que ha sido removida hace muy poco. Diez pasos más, unos treinta metros desde el borde del camino. Aquí es. Queda claro cuando el agente que abre la marcha se para de golpe, cabizbajo, casi en actitud de recogimiento. Es el momento que recoge la fotografía de Roser Vilallonga.

La zona donde escarbó la policía científica mide unos dos metros de largo y medio de ancho. Quedan rastros de la cal viva. «Vaya sitio eligió el tío, ¿eh?», dirá al despedirse el agente más veterano. Ni él ni su compañero las conocían, pero han tenido la imperiosa necesidad de venir, de guardar silencio unos segundos y pedir perdón en nombre del género humano. Antes que policías, son padres, hijos, hermanos.

Lo tenía todo planeado. La zanja, la cal viva con la que aceleraría la descomposición. Nunca se imaginó que Marina, su exnovia, llegase acompañada. La esperaba sólo a ella. Iba a recoger las pertenencias que aún tenía en el piso que habían compartido en la urbanización Ars Natura, en Cuenca. Pero Marina le pidió a su amiga Laura que la acompañase. Y la zanja no tenía profundidad para las dos. Por eso las hallaron.

Sobrecoge imaginar el calvario de las familias. El viernes, después del entierro, un primo de Laura estalló al ver que había cámaras incluso a la puerta del domicilio familiar. Ben Bradlee, el legendario editor del Washington Post, decía que esta es la profesión más bonita del mundo. Lo es, pero a veces… Aquí, frente a este símbolo del horror, los periodistas recordaron todo lo que han debido ver, oír y leer tres hogares destrozados, el de las chicas y el de los padres del detenido. Pero no vinieron sólo para recordar.

El cortejo de Laura tenía tantas flores que fueron necesarios dos coches fúnebres, uno sólo para las coronas. Todas las flores de Marina viajaron con ella, en un único vehículo. Cuando el féretro salía de la iglesia, justo entonces, una reportera de televisión le hacía señas a una familiar para que se acercara. Será sólo un segundo, parecía decirle con gestos. La mujer, con un retrato de Marina en las manos, decía que no con la cabeza y lloraba. Con el ataúd ya dentro, unos hombres acomodaron sobre el féretro los ramos que no sabían dónde poner. Había muchos y el suelo quedó regado de pétalos. Parecían lágrimas sobre el asfalto. Los periodistas cogieron uno de aquellos pétalos, uno solo, y lo guardaron celosamente. Ayer, con dos guardias civiles por testigos, lo depositaron en este túmulo impío, y pidieron perdón porque Laura y Marina merecían muchísimo más.

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