Carta abierta de uno de los policías detenidos en Cartagena

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Las horas pasan lentamente para los seis agentes del Cuerpo Nacional de Policía detenidos como sospechosos de ladesaparición, agresión y asesinato de Diego Pérez en Cartagena. Muy lentamente entre los barrotes de prisión. Mientras tanto, en la calle sus familias luchan contra viento y marea para que se conozca qué pasó realmente y demostrar que son inocentes.

Estas seis familias se han visto inmersas en una situación realmente dramática. Y es que mientras los agentes tratan de sobrevivir a la crueldad de la vida entre rejas, en la calle han dejado a sus mujeres con niños pequeños, padres mayores, hipotecas.

En estos momentos de desesperación, uno de los agentes detenidos escribe una carta para que el mundo entienda los«sentimientos de un preso inocente»:

«En la naturaleza del ser humano está el cometer errores, pero pocos tienen consecuencias tan fatídicas como las que desencadenarían ayudar a un ciudadano que, temeroso por su vida, pedía auxilio y protección a la Policía.

Ninguno de nosotros podía imaginar que auxiliar a una persona, algo que en el ejercicio de nuestras funciones es práctica habitual y que en tantas ocasiones habíamos llevado a cabo, sería el mayor error de nuestras vidas. 

Una noche una persona llama a la Policía presa de un pánico atroz ya que supuestamente unos individuos quieren matarlo, rápidamente acudimos al lugar e intentamos asistirle lo mejor que sabemos y podemos ofreciéndole la ayuda médica correspondiente debido al fuerte estado de excitación y nerviosismo en el que se encuentra. Temeroso por su vida, no atiende a razones y lo único que quiere es venirse con nosotros y salir de allí a toda costa, rechazando cualquier otro tipo de ayuda. Finalmente y dada la extraña situación en la que nos encontramos, entendemos que la mejor forma de proceder es alejarlo del supuesto peligro que le atormenta -un peligro que tras realizar las comprobaciones oportunas, al parecer sólo estaba en su cabeza- y dejarlo en un lugar tranquilo para que se relajara y su mente consiguiera deshacerse de sus miedos.

Pero cuando días después apareció el cadaver de Diego -así se llamaba aquel ciudadano de mirada perdida y rostro asustadizo- fuimos nosotros, ignorantes de lo que trágicamente le sucedió, los que fuimos presa del miedo y la desesperación, al pensar en las represalias que tendrían nuestros jefes con nosotros. Dichas represalias vendrían dadas debido a que no informamos en su momento del hecho de haber llevado a Diego a un lugar tranquilo a fin de intentar que se calmara aún siendo él mismo quien incesantemente suplicaba venirse con nosotros, negándose en todo momento a cualquier otro tipo de intervención para ayudarle.

Pero el ambiente de nuestra Comisaría, desde hace ya tiempo y por diversas circunstancias, estaba un poco esfervescente y bastaba la más mínima excusa para que te cambiaran de puesto de trabajo o te abrieran un expediente disciplinario. Por ello, por miedo, seguimos sin decir nada, seguros de las represalias de nuestros superiores y asustados por las consecuencias que ello tendría en nuestro futuro dentro del Cuerpo Nacional de Policía. 

Para mí, ser miembro del Cuerpo Nacional de Policía era un honor y un orgullo inmensos, había luchado con todas mis fuerzas para ello. Al llegar a la Academia de Ávila, escrito en piedra se podía leer: EN ESTE LUGAR SE ALUMBRA LA LUZ QUE HA DE SER MAÑANA EL DESTINO POLICIAL, SERVICIO, DIGNIDAD, ENTREGA Y LEALTAD. Aquellas palabras se grabaron a fuego en mi corazón y permanecerán siempre en mi memoria y desde ese momento supe que había elegido bien mi camino.

Estoy absolutamente convencido de que todos mis compañeros albergaban en su interior esos mismos sentimientos y cada día, al ponerse el uniforme y sentir la placa emblema en su pecho, salían a trabajar plenamente satisfechos de poder ayudar a las personas que lo necesitaban y contribuir a que las calles de nuestra querida Cartagena fueran un poco más seguras. Pero esos mismos sentimientos también nos hacían sentirnos culpables, y todos teníamos una fuerte lucha interior entre permanecer callados o volver a casa y decirles a nuestras mujeres que nos habían expedientado en el trabajo. La mayoría de nosotros, aún siendo gente joven, estamos ya casados o convivimos con nuestra pareja, teniendo niños pequeños a nuestro cargo, y sólo aquel que es padre puede saber el sentimiento que recorre su cuerpo cuando después de una jornada de trabajo vuelve a casa y su hijo pequeño corre hacia él con los brazos abiertos diciendo: -«papi, papi policía», ¿a cuántos malos has atrapado hoy?; y a su lado, su mujer les mira con una gran sonrisa en los labios, sintiéndose la persona más afortunada del mundo.

Este es el motivo que me obligaba a permanecer callado, me moría sólo de pensar en volver un día a casa y decirle a mi mujer: -«cariño, me han suspendido de empleo y sueldo, voy a tener que dejar de ir a trabajar durante un tiempo y tendremos que controlar un poco más los gastos». ¿Qué iba a pensar de mí? Se me rompía el corazón y se me caía la cara de vergüenza sólo de pensarlo. ¿Qué iban a pensar de mí mis padres, que tan orgullosos se sentían de que su hijo fuera Policía?. Era algo que no podía soportar.

Pero nuestros jefes ya habían averiguado que no habíamos sido del todo sinceros con ellos, despertando estos su ira. Y lejos de llamarnos para hablar tranquilamente con nosotros y aclarar lo sucedido, imaginaron una trama de corrupción propia del guíon de una cutre película policiaca americana, pero con un despliegue de medios sin precedentes que ya lo quisieran para ellas algunas superproducciones cinematográficas de Hollywood, con sistemas de escucha, vigilancia y seguimientos; todo ello por que pensaron algo que no tiene cabida en ninguna cabeza bien amueblada y sólo pueden albergar unas mentes enfermas con afán de poder, reconocimiento y prestigio y ávidos de llenarse el pecho de medallas. Imaginaron que nosotros, seis policías con familia, mujer e hijos, que nunca habíamos tenido un problema en Comisaría y siempre habíamos desempeñado una labor policial absolutamente correcta, fuimos los que sin ningún motivo dimos muerte a Diego. ¿Pero qué mente perversa y maliciosa podía pensar tal barbaridad, qué motivo podíamos tener nosotros que acudimos en su auxilio a su llamada y lo único que hicimos fue ayudarle lo mejor que supimos? 

Pues bien, esta cúpula policial de Cartagena a la que se le había unido Asuntos Internos, tras varios meses de ardua, pero como no podía ser de otra manera, infructuosa investigación, y sin haber obtenido lógicamente ninguna sola prueba contra nosotros, no podían irse con las manos vacías y teniendo que justificar su costoso trabajo y su masivo despliegue de medios, basaron su acusación única y exclusivamente en nuestro inicial silencio. Así pues, la mañana del seis de octubre del dos mil catorce, mientras la mayoría de nosotros desempeñábamos de uniforme nuestra labor policial, fuimos detenidos, nos separaron y aislaron en diferentes comisarías, nos metieron en los calabozos donde pasamos casi tres días sin apenas comer ni beber, sin dormir, ofreciéndonos un trato degradante y vejatorio, humillados ante nuestros compañeros y sometidos a una tortura psicologica en las reiteradas declaraciones que prestamos, propias de otra época. Todo ello para intentar arrancar de nosotros una confesión que sólo cabía en sus enfermas y maliciosas mentes, salvándoles así del mayor error y la mayor barbaridad que habían cometido en su carrera policial, «detener a seis policías que no habían hecho sino desempeñar lo mejor que supieron su trabajo pero que como personas que somos, tuvimos miedo de las represalias de unos jefes que se ha demostrado, carecer de raciocinio lógico alguno y sobre todo del valor y el honor suficiente para reconocer su error». Un brutal error que ha destrozado la vida de seis policías y la de sus familias, e incompresiblemente y fuera de toda lógica, esta cúpula policial junto con un sistema judicial pelele, en sus manos, a la vez que viciado por el amiguismo y la corruptela, consiguió meternos en prisión, en la cárcel, donde seguimos, tras más de nueve meses de agónica privación de libertad, inmersos en la más absoluta desesperación; sometidos a una total indefensión y olvidados por la justicia, una justicia en la que tanto creímos y tanto defendimos y que ahora nos da la espalda.

Uno no sabe lo que significa la palabra «LIBERTAD» hasta que la pierde y aquí en la cárcel se pierde todo, incluso la esperanza.

En los muros de prisión deberia poner lo que, según Dante en su obra La Divina Comedia, estaba escrito en la puerta de entrada a los infiernos: «PIERDA TODA ESPERANZA AQUEL QUE ATRAVIESA ESTAS PUERTAS «; así es, perdida la fe, la esperanza y sin creer en la justicia corrupta y manipulada por la cúpula policial, sólo me mantiene en pie el amor de mi mujer, mi hija y mi familia, su incesante y épica lucha por conseguir que la verdad salga a la luz; una verdad ocultada maliciosamente por este sistema y estas personas faltas de valores y carentes de honor». 

Fuente: http://www.gaceta.es/noticias/policia-nacional-cartagena-policias-detenidos-policias-acusados-asesinato-30062015-1652?utm_content=buffer7122a&utm_medium=social&utm_source=facebook.com&utm_campaign=buffer

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